En el fraccionamiento Costa Azul, el miedo no detiene el reloj; solo lo vuelve más silencioso.
Apenas han pasado 24 horas desde que el estruendo de las balas rompió la calma en un sitio de taxis local, dejando a tres mujeres heridas y una estela de pánico que hoy se camufla con el tráfico cotidiano.
Este martes, el corazón de lo que alguna vez fue el refugio exclusivo de la clase media acomodada de Acapulco intenta latir con ritmo habitual.
Las cortinas de hierro de los Oxxo se levantaron temprano, los comensales regresaron a las mesas de los restaurantes de mariscos y los locales de comida china despachan pedidos como si el lunes hubiera sido solo un mal sueño.
Sin embargo, hay algo distinto en el aire: un mutis colectivo. La gente camina de prisa. El bullicio humano es escaso, reemplazado por una banda sonora mecánica.
El silencio solo se ve interrumpido por el rugido de los motores de los camiones urbanos y el desesperado lenguaje de los claxons.
Los taxistas, protagonistas y víctimas de la tensión, circulan buscando el pasaje en una zona donde la movilidad es vida, pero también riesgo.
En las paradas, la estampa es de resignación. Grupos de vecinos esperan pacientemente el servicio hacia las «invasiones» ya regularizadas en la parte alta del fraccionamiento.
Ahí, donde la infraestructura urbana lucha por trepar el cerro, los sitios de taxis siguen siendo el único puente con el resto de la ciudad.
Una violencia normalizada que ya se instaló en la idiosincrasia del acapulqueño.
Mientras la sensación de inseguridad flota entre los transeúntes, el vacío de información local es evidente.
Las autoridades estatales han guardado una distancia cautelosa del sitio del ataque.
El único eco de justicia llegó desde la capital del país: este martes, el Gabinete de Seguridad del Gobierno Federal informó sobre la detención de un hombre que presuntamente participó en la agresión del lunes.
Para el residente de Costa Azul, el reporte federal es una cifra en las noticias.
Para las tres mujeres que resultaron heridas, la realidad es una herida abierta. Para el resto, es otro día de esquivar la mirada, subir al taxi y esperar que el silencio de mañana no sea interrumpido, otra vez, por la pólvora.
