Opinión

Ayotzinapa, ida y vuelta

  • Publishedenero 5, 2012
  • Zapata 21

La primera vez que vi escrita la palabra fue en la camiseta de un excelente jugador de basquetbol. Me impresionó su sonoridad: sílabas fuertes en el inicio y en el final, separadas justo en medio por una suave y extraña combinación de letras, casi inexistente en español: “tzy”. Por supuesto que no sabía qué quería decir ni a qué idioma pertenecía el vocablo. La suavidad con que descendía el sonido después de “Ayo”, hasta volverse un siseo, como cuando un niño invita a otro a guardar silencio en el juego de las escondidas, me hacía pensar en una pendiente; una hondonada después de la cual el sonido volvía a surgir con mucha fuerza: “napa”.

Pensé en una bajada que luego subía; era una forma fácil de eludir a Rulfo, de quien acababa de leer: “sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja”. Ayotzinapa era bajada, hondonada y subida, se fuera o se viniera.

El peso de la historia ha caído sobre el vocablo dotándolo de una acepción inequívoca: Ayotzinapa no es un pequeño pueblo de 78 habitantes, ni laguna ni parcela; es una escuela normal rural, una de las pocas que quedan después de haber sido tantas.

                                                                   II

 

   Ayotzinapa fue fundada en 1926 por el profesor Hipólito Cárdenas en plena guerra cristera; después llegaría a ella un profesor que venía de Puebla: Raúl Isidro Burgos, que le imprimiría su sello personal de pulcritud, disciplina y esmero en el estudio. Las normales rurales, junto con el Instituto Politécnico Nacional, fueron la piedra angular de la política educativa cardenista, que comenzaría una década después. Tenía ese programa educativo una fuerte base moral, histórica y filosófica; partía del hecho de que el nuevo régimen revolucionario debía cumplir el compromiso educativo con los sectores que a su vez se habían comprometido en el formidable levantamiento armado que cimbró a América Latina y al mundo siete años antes que la revolución bolchevique. Los universitarios (personalmente y como institución) se habían mantenido alejados del movimiento revolucionario . Los improvisados generales casi analfabetos que comandaron la revuelta pensaron educar a los campesinos mexicanos, pero no para la reflexión, la filosofía y las artes y las ciencias que caben en las llamadas profesiones liberales.

La educación rural requería no sólo instituciones académicas, sino también un fuerte apoyo asistencial y social, puesto que los campesinos no tenían recursos para mantener a sus hijos en el ocio improductivo propio de las instituciones universitarias de ese tiempo. De ahí surge la idea de las becas, internados y comedores estudiantiles. Ese andamiaje institucional y asistencial, junto con el programa intensivo de alfabetización, constituyen una verdadera cruzada contra el oscurantismo. Los profesores y estudiantes normalistas estacados en el Bajío durante la guerra cristera muestran elocuentemente el grado de resistencia y confrontación a que se llegó en aquellos momentos de la historia de México.

 

                                                          III

 

   La Educación Socialista (así se llamaba aquel ambicioso programa educativo) fue paulatinamente desdeñada y desmanteladas o modificadas sus instituciones por los regímenes posteriores al cardenismo. El proceso de desideologización interna de las instituciones educativas tuvo como correlato externo la pérdida de identidad revolucionaria de los egresados, tanto de las normales rurales como del IPN. El asalto de las clases medias urbanas y rurales al sistema educativo universitario y su masificación posterior al movimiento estudiantil de 1968, así como la revolución ideológica habida al interior de las universidades públicas, terminaron por confundir a todas las instituciones de educación superior; de tal suerte que hoy un médico de la UNAM tiene la misma formación que uno egresado del IPN. En su práctica profesional y su formación, los otros profesionistas liberales se parecen entre sí, ya sean egresados de una u otra institución.

Después vendría la paulatina y vigorosa privatización educativa. Entretanto, los egresados de las normales rurales se convirtieron en correa de transmisión del aparato corporativo priísta. En las elecciones, los maestros hacían votar hasta a los muertos, porque así se ganaban ascensos, cambios de plaza a las ciudades y otros trámites.

Aún en esas condiciones de desmovilización y olvido de principios, los egresados de Ayotzinapa no dejaron de contribuir al desarrollo cultural y social del estado de Guerrero. Fueron durante mucho tiempo el canal privilegiado para la preservación de infinidad de manifestaciones culturales populares como bailables, danzas, práctica del deporte de buen nivel, poesía, oratoria, música, así como para la alfabetización permanente de la población adulta.

 

                                                    IV

 

   Ayotzinapa se ha convertido en refugio de la radicalidad campesina. El discurso que utilizan los contingentes movilizados es monocorde, contestatario y con una gran dosis de violencia verbal en sus consignas (aclaremos para evitar confusiones: la violencia verbal de las masas movilizadas siempre es menor que la violencia del poder, que reprime y aniquila). Los contingentes internos y externos que se movilizan a favor de los estudiantes de Ayotzinapa tienen en la acción directa su instrumento privilegiado de acción política. Es una herencia que les viene de la Nueva Izquierda que en la Guerra Fría, cuando los partidos comunistas estaban anclados en sus políticas de “unidad nacional” dictadas desde la URSS, enfrentaban a la policía y se movilizaban a favor de Viet Nam, de la liberación de Argelia y por muchos temas más, como el respeto a la diversidad sexual y el apoyo a la joven revolución cubana.

Este discurso se asentó en Ayotzinapa después de la desmovilización universitaria y me parece que tiene un gran ingrediente exógeno. Se trata de la radicalidad campesina, que se expresa en la guerrilla primero y después en la larga lucha por encontrar a los desaparecidos de la guerra sucia. Algunos de estos jóvenes deben provenir de familias reprimidas en los movimientos sociales guerrerenses. Otros, cuyas familias no han sido objeto de represión, han escuchado testimonios de ella. Con esos datos, el adoctrinamiento es fácil, utilizando alguna variante del marxismo manualesco, tan caro a este tipo de movimientos.

Los factores subjetivos (es decir, el adoctrinamiento) tienen una base objetiva innegable: el abandono del campo por parte del Estado mexicano; en Guerrero no sólo fue abandonado el sector rural a su suerte, también fue sometido a sucesivas oleadas represivas.

A partir del cardenismo y su reforma agraria, el campo realizó tres aportes fundamentales al desarrollo industrial y urbano de México: dotó a las ciudades de mano de obra barata (y sin tradición sindical, eran los peones liberados de las haciendas), amplió el mercado interno por los nuevos contingentes de proletarios y creó los excedentes que financiaron el modelo de acumulación basado en la sustitución de importaciones, con su déficit eterno de medios de producción.

Tal vez en el ruido irascible de la violencia verbal no podamos descubrir estos argumentos, pero los estudiantes normalistas tienen razones históricas cuando reclaman al Estado mayores recursos y mejor atención a sus demandas.

 

                                                            V

   En Ayotzinapa seguramente ocurren otras cosas (o deberían ocurrir). No es posible que sólo sepamos de esa escuela por la acción de sus aguerridos estudiantes. En su interior deben haberse desarrollado procesos de hiperpolitización que oscurecieron o anularon otros fenómenos internos. La acción callejera de sus estudiantes nos hace pensar en un régimen autárquico, donde cada quien hace lo que quiere y donde un grupo (mayoritario o no, no sabemos) le impone al resto de la comunidad su visión de los problemas, sus métodos y sus ritmos para resolverlos. Ello debe haber generado indisciplina al interior del plantel y algún grado de corrupción. Por ejemplo: si los estudiantes no están en la escuela durante una semana ¿Mejora la dieta en calidad y cantidad los días posteriores? ¿O se reporta la ausencia estudiantil y se reduce el costo de la alimentación; es decir, se produce un ahorro para la escuela?, o, que es lo más seguro ¿No se reporta la disminución y algunos se quedan con los pequeños excedentes que se generan?.

Necesitamos saber qué ocurrió y qué está ocurriendo al interior del plantel. ¿Alguien sabe el nombre del rector o director? ¿Cómo está conformada la planta de maestros? ¿Por qué no acompañan a los estudiantes en su lucha?. De lograr avances y conquistas mediante las movilizaciones estudiantiles, un sector directamente beneficiado sería el de los docentes, que es un estamento que permanece más tiempo en la institución, ya que el estudiantado sólo está cuatro años en el plantel. Es entonces muy injusto que los académicos no participen en la lucha estudiantil. Si los maestros de la escuela no se solidarizan con sus estudiantes ¿Cómo piden solidaridad a los egresados, que no mantienen ningún vínculo institucional con la escuela? ¿Cómo solicitar dicha solidaridad al resto de la población?. Esas y muchas otras son preguntas que surgen de manera natural con sólo observar de lejos el conflicto.

 

                                                           VI

 

   La muerte de los dos estudiantes normalistas no es la consecuencia de una serie de desencuentros con el gobierno del estado. Ángel Aguirre les dio todo lo que pudo, y lo demás lo prometió para en seguida (“Pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”; otra vez Rulfo, qué barbaridad). Les dio en siete meses de gobierno lo que no habían recibido en una década; un autobús nuevo de 45 plazas, un tractor nuevo para labrar la parcela escolar, aumentó en casi 25 por ciento la dieta alimenticia, redujo el promedio de 8 a 7 para tener ingreso en la escuela, les remodeló su unidad deportiva, les dio casi doscientas computadoras personales a los alumnos de cuarto año. No sólo eso, cuando en sus protestas en Chilpancingo, cometieron desmanes, un mes antes de los hechos violentos de la autopista, el gobierno los reprimió; pero una vez en la cárcel pagó las multas, les condonó las demandas e indemnizó a los pequeños comerciantes que sufrieron daños en su patrimonio o negocios.

Varios factores coadyuvaron a generar la tragedia. Para empezar fallaron los servicios de inteligencia del gobierno, pero también falló la evaluación de los encargados de administrar el conflicto. Si ya se sabía la ruta que estaba siguiendo el radicalismo de los jóvenes, se les hubiera detenido antes, lejos de una gasolinera. Aunque en este caso existe un atenuante: el gobierno no podía tener un contingente de doscientos antimotines siguiendo a varios autobuses de estudiantes normalistas, que buscaban el mejor lugar y momento para montar su protesta.

Cada día queda más claro que se trató de un descontrol de la policía federal (que sí debe cuidar las vías de comunicación, pero que no es la encargada de administrar este conflicto). Un año antes los había desalojado con disparos al aire de la caseta de cobro de Palo Blanco. En el escenario del doce había federales y después llegaron ministeriales; no había ningún policía estatal en funciones de antimotín. Estaban los que no debían estar, faltaban los que deberían estar. Esa fecha, tal vez muchos policías estatales estaban francos, sufriendo las consecuencias del guadalupanismo.

Quienes escogieron la fecha de la movilización no lo hicieron para resolver un problema; lo hicieron para lograr la colisión violenta con el gobierno. Ningún funcionario los iba a poder atender ese día de asueto nacional.

En el gobierno no conocen el movimiento; sus características intrínsecas, sus motivaciones, su doctrina y sus métodos. Pensaron tal vez que todo lo que recientemente se había otorgado a los estudiantes iba a coadyuvar a distender la situación. Craso error, el grupo dirigente de los normalistas tenía que ir por más; la actitud obsequiosa del gobierno seguramente estaba minando el poder de convocatoria de los sectores más radicales del movimiento, que percibieron que perderían su clientela política. Un mes antes, los desmanes en Chilpancingo se cometieron cuando ya se habían recibido los beneficios que enunciamos. En ese momento en el gobierno debieron percatarse que la actitud radical de los muchachos es ideológica; no tiene mucho que ver con sus carencias (En esa ocasión lo dijimos en un programa de televisión: “los muchachos irán por más y podrían encontrar la represión”. ¡Cómo quisiera haberme equivocado!).

Todo hace pensar que hubo provocadores en la refriega. Pero está claro que a estos, o los llevó la policía o los llevaron los normalistas; nadie llegó a ese lugar por casualidad o por otra vía. La existencia de una provocación no exime la falta de una evaluación correcta del conflicto.

Don Humberto Salgado es uno de los más pulcros operadores políticos guerrerenses; hay quienes opinan que es “el Fernando Gutiérrez Barrios de Guerrero”, otros simplemente dicen: “el viejo es una chucha cuerera”. Con ésta son tres veces que es secretario general de gobierno. ¿Por qué el personal a su mando no supo operar bien el problema de Ayotzinapa? Porque es buen operador pero en las sintonías del viejo sistema político. El secretario se mueve bien, regaña y logra consensos con aquellos grupos y personajes que se mueven dentro del viejo sistema, con las reglas escritas y no escritas del priísmo de viejo cuño. Para decirlo con una frase elegante: para quienes hacen política dentro de los cauces institucionales. Pero esos métodos fallan cuando esos operadores topan con personajes u organizaciones que se mueven en otra sintonía, con otro tipo de doctrina.

No es nuevo. Antes de la matanza de Aguas Blancas, Rubén Figueroa Alcocer fue a Tepetixtla, al centro neurálgico de la Organización Campesina de la Sierra del Sur. Mientras él hablaba abiertamente con los campesinos, Héctor Vicario (subsecretario de finanzas en ese momento) repartía billetes de quinientos pesos que sacaba de un portafolio. “Pa’l chesco, Vicario”, le decían los que iban llegando y el joven ayudante del gobernador les daba un billetito. Varios de esos billetes fueron usados para financiar las movilizaciones posteriores de la organización campesina. Vicario y Figueroa pensaban que engañaban a los campesinos, cuando los engañados eran ellos.

Más antes, cuando el senador Rubén Figueroa Figueroa planeaba entrevistarse con Lucio Cabañas, su tío Febronio Díaz Figueroa le decía: “estás en un error Rubén, Lucio tiene ideología, no está esperándote para amnistiarse”. El senador no entendió esas razones y el 28 de mayo de 1974 fue retenido por la Brigada Campesina de Ajusticiamento; una historia que todos conocemos.

Pongo estos ejemplos extremos para dejar claro que el asunto de Ayotzinapa no era un tema de pensiones alimenticias, computadoras, autobuses, tractores o canchas remodeladas; tampoco era un asunto de promedio, de los jóvenes secundarianos del campo guerrerense sólo una pequeña parte aspirará a entrar a esa escuela. Era un asunto de ideología, de doctrina; igual que cuando lo de Tepetixtla, igual que cuando el viejo Figueroa subió a la sierra pensando que en una semana bajaría “a ese profesorcillo de las narices”. De las narices lo trajo cien días Lucio Cabañas “caminando con el pueblo”.

En conclusión: la innegable buena fe de los gobernantes y los apoyos materiales son insuficientes cuando hay motivaciones ideológicas o doctrinarias. Ese ha sido el problema de muchos dirigentes campesinos guerrerenses; por eso nos han gobernado a palos desde los gobernantes más palurdos hasta José Francisco Ruíz Masieu, que era tan ilustrado como represor. El asunto de Ayotzinapa no “se les fue de la mano a los del gobierno”, nunca estuvo en sus manos porque los normalistas se mueven en una frecuencia muy distinta, inasible para el marco político convencional. René Juárez y Zeferino Torreblanca tampoco tuvieron en sus manos el asunto, pero no tuvieron ningún muerto porque siempre que los normalistas se salieron del cauce legal los garrotearon; es decir, no titubearon en el momento de aplicar la ley. Puesto que Ángel Aguirre les estaba dando todo a los muchachos, tenía autoridad moral de más para reprimirlos legalmente cuando cayeran en la provocación. En Ayotzinapa, más que represiones o amagos se requería reordenar la escuela, reconvertirla para aprovechar todo su potencial y encauzar el radicalismo de los jóvenes por una ruta productiva.   Lo que es verdaderamente inexplicable es por qué un gobierno que tiene entre sus funcionarios y asesores a personajes que vienen de un pasado de doctrinas y militancias radicales, no hayan diseñado una ruta distinta a la lluvia de regalos que quiso usarse como UNICA vía para desmantelar el conflicto.

Los grupos radicales hoy creen tener un triunfo; finalmente la enseñanza doctrinaria se confirma: “el gobierno burgués represor contesta con balas las justas demandas del pueblo organizado”.

Ayudados por el amarillismo de cierta prensa y por organizaciones que comparten el pensamiento único de la izquierda, hoy está en marcha una campaña por la justicia, que nada dice de la bomba de gasolina criminalmente incendiada ni del trabajador que se quemó al cerrar la válvula y que finalmente murió al despuntar el año. Es decir, no se habla de la única acción racional y heroica de esa tarde: el intento del empleado por cerrar una válvula que salvó a los normalistas, a los policías y a muchos chilpancinguenses, de morir en la catástrofe que estuvo a punto de producirse.

Obsérvense las movilizaciones estudiantiles posteriores al día de los hechos: son acciones pacíficas, ordenadas y los jóvenes ya no se tapan la cara con capuchas o ropa. Cualquier corresponsal que venga de lejos pensará que este fue el tipo de protesta que se reprimió el 12 de diciembre, y no una acción de fuerza contra miles de usuarios de la única carretera que une a Chilpancingo con México y Acapulco, y un amago de incendio, que de consumarse hubiera destruido varias cuadras de la capital del estado.

Se ve que en el bando estudiantil son mejores estrategas que en el gobierno. En el gobierno riñen las versiones de uno y otro funcionario y se echan la culpa unos a otros sin que nadie diga que se trató de un descontrol de la policía originado por la existencia incuestionable de una amenaza muy grande sobre la población. En el bando estudiantil, el radicalismo confirmó sus lugares comunes, amplió sus corredores de solidaridad, obligó a muchos dirigentes de izquierda a mostrarse solidarios con ellos y quieren ir por la cabeza del villano a modo que han conseguido.

                                                         VII

 

   Ayotzinapa es hoy más viable que nunca. Ni siquiera los ciudadanos que organizan la marcha contra la intolerancia en Chilpancingo están a favor de cerrar la institución; las voces aisladas que se han escuchado en ese sentido no conocen la historia de Guerrero. Héctor Astudillo tiene razón cuando afirma que la escuela no debe cerrarse y que sus dirigentes deben buscar vías más productivas en su relación con el gobierno. Lo dice como el político culto y humanista que es; pero también en función de su estatuto de empresario de la educación. Es otra forma de decir: “Que Ayotzinapa siga formando maestros rurales para las plazas en la Montaña y en la Sierra, mientras nosotros seguimos formando maestros con plaza segura en los centros urbanos”.

Si correlacionamos el analfabetismo con el trato a las normales rurales, veremos que en Guerrero se disparó el fenómeno cuando el neoliberalismo sentó sus reales en la política educativa. Es otra forma de decir que la educación privada es ineficiente para paliar los indicadores nacionales de nuestra vergüenza. Si los apoyos de hoy se le hubieran dado hace tiempo a Ayotzinapa, no tendríamos que gastar tanto dinero en la campaña de alfabetización.

Hace seis años, el gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel percibió que en la tierra caliente se estaba disparando el analfabetismo. Como de sus normales rurales no egresan los suficientes maestros, promulgó el pago doble en las regiones con indicadores altos de analfabetismo. Con esa medida los michoacanos pudieron contener sus problemas, pero en la tierra caliente guerrerense se produjo un abandono generalizado de plazas, porque muchos maestros cruzaron la línea y se fueron a Michoacán por el estímulo económico. Tuvimos ahí una fuga de cerebros; en Guerrero invertimos casi dos décadas en preparar a maestros que luego se vayan a trabajar a otra parte. No es justo.

 

                                                           VIII

 

   La solución para Ayotzinapa debe ser de mediano plazo. Pierde su tiempo quien quiera resolver sus problemas en meses o en dos años. Mucho tiempo pasó para llegar a la situación que tenemos; en menos años, pero con mucha paciencia, Ayotzinapa (la institución, sus egresados) volverán a ser lo que fueron.

A Ayotzinapa hay que reconvertirla; hay que aprovechar en esa reconversión productiva el estado de ánimo y el adoctrinamiento de los muchachos. Finalmente la doctrina tiene razón: el neoliberalismo devastó el campo guerrerense. En 1974, con una cosecha record de maíz, comenzó el uso intensivo de los fertilizantes químicos y pesticidas. El objetivo del gobierno no sólo era comer elotes; con la medida se le restaba bosque y selva a la guerrilla de Lucio Cabañas . A propósito de Lucio: sí estudió en Ayotzinapa; no así Genaro Vázquez, que egresó, igual que Othón Salazar, de la Escuela Nacional de Maestros, que estaba en San Cosme. Quienes hacen presentaciones en Power Point deberían leer un poco más. También de Lucio hay que decir que fue dirigente nacional de la Federación de Estudiantes Campesinos y Socialistas de México (FECSM), pero que cuando era estudiante normalista combinaba sus estudios con la venta de paletas en un carrito que le prestaba un señor de Tixtla. Con ese trabajo tenía excedentes para mandarle dinero a su madre natural, que vivía en Atoyac, y a su madre de crianza, que vivía en El Cayaco, municipio de Coyuca de Benítez. Quienes gritan consignas deberían estudiar un poco más.

Los guerrerenses requerimos revertir el proceso de desertificación del campo y convertir los cerros secos y pastizales en bosques y selvas. La globalización y el ingreso de México a los acuerdos comerciales internacionales hacen inviable la producción masiva de maíz. Para ese y para todos los productos del campo, lo que rige son los precios internacionales (que se fijan en la bolsa de Chicago para el maíz y en la de Nueva York para el café). Aquí opera el mecanismo neoliberal de los “precios de indiferencia”, que consiste en establecer el precio local al mismo valor que tiene en la bolsa que lo fija a nivel internacional y agregarle fletes, maniobras, apoyo logístico, mermas y certificado de libertad de aflotoxinas; así, es “indiferente” comprar el maíz en Chicago o en Tepetixtla . En pocas palabras: sale más barato comprar el cereal que sembrarlo en el país.

Ese es el origen de algunos subsidios como el Procampo, que se crearon para compensar la diferencia de productividades entre países y con el objetivo (no logrado) de que las tierras recuperaran su verdadera vocación. Los campesinos y sus aliados deberíamos saber que las reformas neoliberales están en su etapa terminal, no están comenzando. Los métodos contestatarios no nos sirven ahora; estamos en la etapa de responder con políticas productivas al desafío de las tendencias neoliberales. Incluso las grandes empresas transnacionales están reorientándose a los productos orgánicos; la Monsanto ya tiene una división de orgánicos, cuyos productos en el mercado son 15 por ciento más caros que los abonados con fertilizantes químicos. En este tema hemos ganado la discusión ideológica; hoy no se trata de asolearse en la denuncia sino de regresarse a su tierra a promover métodos y cultivos que desplacen los dañinos paquetes tecnológicos del neoliberalismo (el fertilizante químico y los pesticidas).

No hay que cancelar la radicalidad campesina, hay que reorientarla. Por fortuna ese radicalismo tiene ahora un cauce; si la escuela se cerrara ese cauce se diluiría en mil afluentes que aparecerían sin orden, en los lugares menos pensados y con características que los harían muy difíciles de aprehender. Quienes negocian y administran el conflicto de Ayotzinapa deberían saber que tienen como interlocutores no sólo a los estudiantes gritones, sino al mundo campesino que no tiene forma de expresar su desesperanza. Hay que distinguir entre las demandas explícitas de los muchachos, las demandas subliminales y descubrir también entre el estentóreo griterío de la doctrina, las agendas ocultas de la movilización estudiantil.

En la captación de aspirantes, más que el promedio debe valer el compromiso de regresar al terruño. Si el profesor regresa, que se le otorgue un estímulo económico; si prefiere instalarse en la ciudad, que devuelva una parte del costo de su educación mediante un descuento que nunca excederá al diez por ciento de su salario neto. Es decir, queremos que Ayotzinapa siga siendo una normal rural y no un canal de transición de lo rural a lo urbano. Pero si alguno de sus egresados decide no regresar, respetemos su derecho constitucional al libre tránsito, pero que en solidaridad con su escuela y su pueblo, devuelva una parte de lo que costó su educación.

Hay que transformar el plan de estudios. El nuevo diseño curricular debe ampliarse; hoy no sólo requerimos alfabetizadores en el campo guerrerense, necesitamos técnicos que ayuden a revertir el deterioro de los ecosistemas y que entrenen a campesinos y ganaderos en técnicas más productivas e innovadoras. En este propósito, la escuela debe integrarse a las políticas públicas de reconversión productiva del campo guerrerense; la escuela debe tener un vínculo muy claro con las de veterinaria de la UAG, lo mismo que a algunos programas de Desarrollo Rural y de SAGARPA. (Cierto, estas instituciones tienen técnicos calificados para la reconversión productiva del campo. Pero son muy pocos, llegan a las comunidades cada dos años, dan una conferencia y se alejan dejando a los campesinos en la espera eterna. Necesitamos de técnicos que vivan en las comunidades, que entiendan sus problemas y que estén preparados para liderar el cambio productivo). De esta manera, el maestro rural volverá ser lo que fue: un intelectual orgánico del cambio revolucionario y Ayotzinapa será la piedra angular de la reconversión productiva del campo guerrerense.

Hay que terminar con la simulación al interior de la escuela. No es posible que los muchachos pasen tres años marchando y gritando consignas a pleno sol, y en el cuarto año de estudios, ya que van a egresar, busquen a Héctor Vicario como padrino de generación. ¿Cómo estará el nivel académico de la escuela que los alumnos prefieran estar todo el día bajo el sol inclemente y no estudiando, practicando deportes o cultivando las artes en su escuela?.

Desde hace tiempo propuse que el Congreso Local otorgue a la escuela el título de Benemérita, como una forma de reconocer sus innegables aportes al desarrollo del estado. Hoy sería un despropósito hacerlo; hay que dejar que pase el tiempo, pero no hay que quitar el dedo del renglón.

Ayotzinapa quiere decir “lugar de tortugas”. No hay que asumir el significado del vocablo como sinónimo de lentitud sino como el equivalente a la paciencia que se debe tener para remontar sus problemas. Ayotzinapa no es la hondonada que pensé de niño, pero la solución a sus problemas sí debe tener algo del regreso al origen. Es la única forma de honrar la memoria de los estudiantes y el empleado de la gasolinera abatidos; hay que volver a hacer nuestro algo que estaba en el abandono y nos quisieron quitar.

 

CORREO CHUAN

 

Claudia Ruíz Masieu encabezará la fórmula priísta al senado de la república. No hay vuelta de hoja, su nominación se logró mediante el reacomodo de la clase política NACIONAL, donde la guerrerense de acero hizo valer sus apoyos, sus alianzas y su indudable talento. Lo mismo hizo Luís Walton para obtener la candidatura de PRD-Morena; logró un acuerdo nacional que prácticamente ya lo tiene en la batalla constitucional en mejores condiciones que nunca.   Claudia va en caballo de hacienda, mientras veremos qué pasa con Walton, que está ante la que es su última oportunidad de cumplir su sueño de ser presidente de la ciudad que lo vio nacer.

Manuel Añorve todavía insiste en realizar encuestas para determinar la candidatura priísta al senado. En esos afanes, hace filtraciones, amaga y cuestiona la precandidatura de Ruíz Masieu Salinas. Por fortuna nadie le hace caso, sus correligionarios saben que ya los engañó una vez y nadie quiere volver a ser engañado. Las encuestas de entonces no se ratificaron en la elección constitucional porque eran falsas. Además, como lo demuestra un trabajo realizado por el politólogo Baltazar Hernández Gómez, el candidato perdedor no aportó un solo voto al contingente priísta.

Hay un dato más importante que hace imposible cualquier candidatura del presidente Añorve; a medida que se aleje de la presidencia municipal se convertirá en una relación peligrosa y el priísmo nacional y local no quiere ocuparse, en plena campaña electoral, de la defensa de un político que se metió en demasiados problemas.

Desde el terremoto de 1957, cada vez que está temblando los defeños se preguntan: ¿Crees que se caiga el Ángel?. Nunca ha vuelto a caerse. No caerá, ni por emboscadas ni por guerra sucia, ni por tantos errores que ha cometido. Tiene Ángel. El correo chuan dice que Ayotzinapa es viable y si se reforma y aprovecha sus potencialidades (incluyendo el radicalismo estudiantil) está llamada a ser la palanca fundamental del desarrollo rural guerrerense. Dice también que la guerrerense de acero se encamina sin problemas al Senado de la República y que Manuel Añorve deshoja la margarita con la intención de ir a otra aventura política. Si logra ser nominado a algún puesto los priístas enfrentarán en campaña a la deadeveras. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

 

E-mail: correochuan@hotmail.com

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