Atraídos por la abundancia de peces, cientos de pescadores llegan a la barra

• El jurel, y el robalo, los más codiciados; aunque salen pargos y pez gallo

 

OSSIEL PACHECO

Es dominguito. El sol es abrazador, pero desde temprano van llegando pescadores y aficionados a la pesca a la apertura de la barra en la laguna de Coyuca; llegan por La Barra o por Playa Azul vienen de diferentes lados incluso de otros municipios, como Acapulco y San Jerónimo, atraídos por la abundancia de especies pesqueras que pueden ser capturadas; lo mismo traen su red, su carrete con cuerda, otros portan caña de pescar.

Por esos días, es muy común la pesca del jurel en la zona de la barra que llegan a raudales en búsqueda de alimento; aunque también abunda el robalo, una especie codiciada por su valor comercial, pero a veces salen pargos, pez gallo, lisas o cabezudas. Desde la apertura de la barra el pasado 29 de septiembre, -cuando pescadores de La Barra y Playa Azul sin autorización de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) la abrieron para evitar inundaciones por el paso del huracán Marty justo en la desembocadura del río Coyuca- todos los días llegan cientos de pescadores a la zona.

Hasta ahí concurren, pescadores de los Barrios, Coyuca, Lomas, Bejuco… algunos vienen de Acapulco a probar suerte con la pesca. Llegan por La Barra o Playa Azul, ambos lados es un gentío el que se acerca; en vehículos propios o en transporte público. La actividad es inusual. Son estampas que se repiten año con año con la apertura de la barra.

Unos por deporte, los más para llevar qué comer para ese día a sus hogares, lo cierto es que el ambiente es festivo; se ha vuelto una tradición que se trasmite de generación en generación el ir a pescar a la barra. Hay de todas las edades, desde adultos mayores hasta niños que son cargados por sus padres y jóvenes los que pasan horas probando suerte lanzando su hilo de pescar al mar abierto, pero cerca de la boca de la barra.

La suerte parece estar del lado de todos los que tiran su cuerda; nadie se va sin al menos un jurel. Son capturados con cuerda y se usa popoyote o birlis de carnada. Es tal la abundancia en esos días que hasta con suerte puedes llevarte hasta unos cinco o más; salen de todos los tamaños. Hasta ahí llegan compradores que adquieren a buen precio el pescado que van sacando. Los ejemplares más grandes, se cotizan hasta en cien pesos. Les espera un buen caldo, frito o asado. Los niños juegan con los jureles ya fuera del agua.

El oleaje es fuerte y hasta la parvada de gaviotas se dan un festín ahí en la barra. Familias llegan a la zona a pasar un rato de esparcimiento, algunos se instalan con todo y anafre para guisar ahí y degustar fresco el pescado que van sacando. Lo mismo llevan sombrillas o colocan palapas de palma que entierran en la arena para intentar protegerse del inclemente sol, aunque la mayoría lleva su gorra puesta. Ir a pescar, implica tener un grado alto de paciencia. Con suerte, rápido pica el anzuelo.

Muchos pescan; otros más, están de mirones. Otros llevan sus hieleras con chelas que disfrutan ante el calorón que hace. La caguama no falta también, se comparte entre varios. El calor te invade todo el cuerpo, todo mundo se conoce y se saluda. Amigos y conocidos se encuentran, el saludo no puede faltar, la plática es corta. La barra por esos días se convierte en días de convivencia y de mucha pesca.