Opinión

Guerrero, historia de valientes

  • Publishedenero 23, 2014

                                                   I

   Saludo con respeto a los mandos, oficiales y clases del ejército mexicano, así como a los integrantes de la Asociación Heroico Colegio Militar.   Agradezco la invitación del Coronel Manuel Martínez Vicente, comandante del 68 Batallón de Infantería, para participar en esta conferencia. Aclaro que aunque acudo como cronista de la ciudad y el municipio de Coyuca de Benítez, la responsabilidad de lo que aquí diga es sólo de su servidor. El trabajo intelectual requiere de libertades absolutas para poder cumplir eficientemente con la tarea de investigar, disertar o publicar sobre determinado tema.   No creo ofender a nadie por esta aclaración que busca mantener a salvo a una institución (el ayuntamiento de Coyuca de Benítez) que nombró un cronista que tampoco quiere ser aguafiestas.

   No podemos pasar por alto que este año se cumplieron cien de la marcha de la lealtad que los cadetes del Heroico Colegio Militar realizaron para proteger la integridad del presidente Venustiano Carranza, pero, sobre todo, para preservar las instituciones nacionales y dejar atrás las asonadas, los golpes de Estado, como recurso para hacerse del poder. Frente a la traición de Victoriano Huerta, los cadetes del Heroico Colegio Militar fueron la luz y el valladar que le dijo a los mexicanos que había pasado el tiempo de los canallas. Así que esta Vigésimo Sexta reunión de egresados de esa noble y heroica institución estará marcada por esa fecha memorable.

   Hablar de la Historia de Guerrero es algo demasiado grande para una conferencia. El tema tiene la vastedad de un himno, así que preferí hacer una apretada síntesis de nuestra historia y resaltar la forma de ser de los guerrerenses, que tenemos fama pública de valientes y muy proclives a la revuelta. Estimé conveniente esa modalidad para acercarnos al tema porque estamos ante un público que mucho sabe de batallas y de épica. Ese prestigio bien ganado de los guerrerenses se origina en la forma en que se ha desarrollado nuestra historia regional, en nuestra conformación como estado, en los estilos de nuestros gobernantes y en los métodos con los que el pueblo a veces los ha enfrentado.

                                                   II

   Hasta mediados del siglo pasado, el guerrerense era uno de los contingentes más grandes de los que formaban el ejército nacional mexicano, que, como todos ustedes saben, es la denominación oficial de nuestras fuerzas castrenses. La proporción de guerrerenses en el ejército ha disminuido al ritmo en que ha crecido la actividad turística en el estado, a la salida masiva de paisanos hacia Estados Unidos y a la ampliación de la oferta educativa civil. El lugar que ocuparon los guerrerenses hoy lo ocupan los oaxaqueños, que forman casi el 50 por ciento de nuestro ejército de tierra.

   ¿A qué se debe esa vocación espartana de los guerrerenses? Escarbemos en la historia en busca de algunas pistas.

   Los guerrerenses somos descendientes de náufragos. Costa chica, costa grande, la montaña. Naufragios distintos, pero todos nuestros ancestros pertenecieron a mundo de los derrotados, de los perseguidos. Hay que aclarar que hasta antes de la guerra de Reforma a esta región se le conocía genéricamente como El Sur, eran pedazos de varios estados que se sumaron para formar lo que ahora es el estado de Guerrero. Eran tierras inhóspitas, se necesitaba mucho carácter para estar aquí conviviendo con la malaria, la manigua y los mosquitos. Esas historias de naufragios y de perseguidos forjó un carácter huraño para el forastero, salvo que compartiera los valores de los nativos; es decir, que a su vez fuera perseguido. El Sur se convirtió de esa manera en el refugio natural de mucha gente que tenía problemas de distinta índole; todos eran bienvenidos a esta tierra y nadie les hacía pregunta de dónde y por qué se venían a vivir acá. Se daban por sabidos los motivos.

                                                 III

   Hay mucha evidencia de que en el territorio en que ahora se asienta nuestro estado existía una cultura originaria desde hace cinco mil años; esa cultura tenía amplias conexiones con otras de centro y Sudamérica; la chilena, el baile tradicional de la costa chica, es la misma que se baila en el norte de Chile y en Ecuador. Aquellas poblaciones originarias trabajaban la cerámica y lograron fundir metales. Desde hace 3500 años los Olmecas se establecieron en esta región y su cultura dominó por ocho largos siglos. En la cuenca del Balsas y en prácticamente todo el estado se han descubierto centros ceremoniales y muchas figurillas de barro que corresponden sin duda a esta etapa de la historia.

   Después de la dominación Olmeca (pacífica y civilizadora, como fueron todas las dominaciones de esta cultura madre) dos fueron los grandes imperios que se disputaron la región: los mexicas, que dominaron la mayor parte y los purépechas, que tuvieron influencia hasta lo que hoy son los municipios de Zihuatanejo y Coyuca de Benítez. Al margen de esas disputas pervivieron varias tribus autónomas que nunca fueron conquistadas ni por unos ni por otros; particularmente importante es la de los Yopes, a los que al parecer corresponde el centro ceremonial Tehuacalco, recién descubierto en la región montañosa del municipio de Juan R. Escudero (Tierra Colorada).

Cien años antes de que llegaran los españoles, el dominio de la Triple Alianza, encabezada por los Mexicas, era el que mantenía mayor control territorial sobre la zona. Los Aztecas (nombre con el que también se les conoce) tenían como costumbre incorporar a su imperio los pueblos que conquistaban, pero respetando lengua, religión y costumbres de los conquistados. Incluso permitían que los mandones de cada lugar siguiera recibiendo los tributos; de esa forma, los señores continuaban teniendo respeto y obediencia por parte de sus súbditos.

   Aquí comienza una larga tradición de continuidad que dura hasta nuestros días. La estructura política que impusieron los mexicas en las tierras conquistadas era la misma que tenían los pueblos subyugados. Los españoles continuaron esa costumbre, su república de indios y los municipios fueron establecidos sobre la estructura territorial y política de los altepetl mexicas. Así, las actuales jurisdicciones territoriales recogen lo que fueron las Alcaldías Mayores del sistema español, las que a su vez, habían sido sobrepuestas a las regiones tributarias de los mexicas.

 

                                                     IV

   Los españoles llegaron a esta región incluso antes de la conquista de la gran Tenochtitlan. Al enterarse Cortés en Tlaxcala (donde se había refugiado después de ser expulsado del imperio azteca por las tropelías que cometían sus soldados) que había lugares donde se trabajaban los metales, envió comisiones de españoles con guías indígenas a explorar lo que hoy es la costa grande y Taxco. De la primera le llegaron noticias que en varios ríos había placeres de oro y de la segunda le llevaron incluso muestras de los metales que se trabajaban. Con los metales de Taxco se fabricaron las culebrinas, pequeños cañones que sirvieron para castigar la heroica defensa que los aztecas hicieron de su gran ciudad.

   En lo que es ahora Guerrero no hubo guerra, los señoríos existentes se entendieron bien con los españoles y éstos adoptaron la misma estructura política heredada de los aztecas. La administración del altepetl mexica, que se gobernaba a través de un consejo de nobles pasó a ser la república de indios. Se impuso de esa manera cierto mestizaje en el sistema de gobierno, a la usanza utilizada en el sistema español de municipios. Con las reformas borbónicas, la figura del municipio se adoptó tanto en la Nueva España como en España como un concepto nuevo, (‘criollo’, le llamaban en España).

   A diferencia de las conquistas ‘internas’ de los mexicas, los españoles no respetaron en los pueblos indígenas conquistados la posesión de la tierra, ni la organización política interna de los vencidos, ni la religión; al contrario, introdujeron una cosmovisión racista según la cual sólo los españoles eran gente de razón, dejando a los indígenas en situación de ser objeto de explotación, de cuidados externos por parte de un encomendero e incluso de esclavitud. En el sistema de posesión de la tierra que los españoles instauraron el Rey de España es el dueño de la tierra y sólo él puede cederla en usufructo a quien juzgue conveniente.   Ese colonialismo pervirtió los sistemas económico, social y político de los pueblos conquistados. A partir de entonces y hasta nuestros días, la dominación en estas tierras tiene mucho que ver con el patrimonialismo y todas sus lamentables consecuencias.

                                                   V

El movimiento por la Independencia tuvo como dirigentes a grupos de criollos y una base social esencialmente indígena. Concebida por Miguel Hidalgo como una movilización rápida y de resultados previsiblemente victoriosos, pronto se dieron cuenta de que la empresa requería de preparación militar y de contingentes de combatientes, no de simpatizantes. Las masas de Hidalgo fueron derrotadas en la batalla del Monte de las Cruces con un gran derramamiento de sangre. El cura Morelos regresó al sur con la idea de incorporar a nuevos contingentes que tuvieran una mayor habilidad en el arte de la guerra (que en el caso de Guerrero, dado lo inhóspito de las condiciones de vida, eran en ese tiempo las mismas habilidades que se requerían para el trabajo). En lo que ahora son los estados de Morelos y Guerrero, el Siervo de la Nación logró reclutar personajes dispuestos a levantarse en armas, como el cura Mariano Matamoros; particularmente en El Sur, su cosecha fue buena; se le unieron los hermanos Galeana en Tecpan (Hermenegildo, José y Antonio), Valerio Trujano en Tepecuacuilco, Juan Álvarez en Coyuca y Vicente Guerrero en Tixtla.

   Así, se incorporaron al nuevo ejército popular los contingentes de peones de estos hacendados junto con pertrechos y equipo bélico, como caballos, acémilas, cañones y avituallamiento que corría a cargo de las propias haciendas de los sublevados. Ese nuevo ejército de insurgentes es el que gana las principales batallas para el campo de los rebeldes; ahora no eran indígenas dóciles los que combatían, sino verdaderos guerreros como los negros de Tata Gildo y los pintos de Vicente Guerrero.

   En 1913 el cura Morelos da a conocer en Tixtla su ‘Breve razonamiento del Siervo de la Nación a sus ciudadanos y también a los europeos’. Esa primera proclama se enriquecerá y el 13 de septiembre de ese mismo año se celebra en Chilpancingo el primer Congreso de Anáhuac, se proclaman los ‘Sentimientos de la Nación’ y se firman el Acta de Independencia y primera Constitución.

   Aunque en el aspecto político los insurgentes avanzaban, la correlación de fuerzas les era adversa y tras ser derrotados en el centro de la Nueva España, sus diezmadas fuerzas se refugiaron en la sierra norte de lo que ahora es Guerrero. Tuvieron que ocurrir otros acontecimientos nacionales e internacionales para que la causa de la independencia lograra mejores condiciones. Estas fueron la ocupación napoleónica de España, la venta de Louisiana a los Estados Unidos y la instauración en Europa de las cortes de Cádiz. Fueron esas nuevas condiciones las que hicieron que hubiera de nuevo espacio para hablar de autonomía y fue lo que hizo que Agustín de Iturbide pactara con Vicente Guerrero la independencia de México, que nacería como un nuevo imperio y con el emblema de las tres garantías.

                                                                       VI

   El abrazo de Acatempan fue un acto simbólico; su simbolismo no tuvo mucho que ver con la realidad, el nuevo poder ‘del imperio’ fue para Iturbide, reservándose para Vicente Guerrero y los oficiales insurgentes una especie de premio de consolación, consistente en el dominio patrimonial de las agrestes tierra de donde habían salido los ejércitos insurgentes. Para estos efectos se creó la Capitanía General del Sur, otorgando con ello mando político y militar a los caudillos locales, que se enfrascaron en una prolongada contienda por descollar en el nuevo consenso y por tener el mando de las regiones que se les habían otorgado. En esa lucha se expresaron otras que a nivel mundial se sostenían en el aspecto ideológico; así, mientras Vicente Guerrero pertenecía al rito yorkino de la masonería, defendía el federalismo (como lo hacían los masones norteamericanos), mientras los Bravo practicaban el rito escocés, que proclamaba (igual que las logias inglesas) un estricto centralismo. Al ser traicionado y fusilado Vicente Guerrero las disputas no terminaron, Juan Álvarez encabezó entonces la causa federalista mientras que Florencio Villarreal y Vicente Jiménez lo harían en la causa de los Bravo.

   Las disputas internas no fueron obstáculo para que la Capitanía siguiera aportando los contingentes de soldados que requería la patria para las luchas que siguieron sin cesar, en una tras otra guerra participaron los sureños con suerte diversa. Mientras ellos combatían los nuevos dueños del Sur se repartían las haciendas que habían quedado desocupadas por tanta conflagración o las de aquellos (a veces las mismas) que en alguna etapa de la lucha se les habían opuesto. El general Juán Álvarez se erige como el cacique mayor y comienza a acariciar el sueño de tener su propio estado y no un territorio sin nombre propio, al que genéricamente se le conocía como El Sur.

                                                                         VII

   Como una compensación a Juán Álvarez y a los combatientes de El Sur, el estado de Guerrero se creó el 27 de octubre de 1849, con una extensión de 64 mil kilómetros cuadrados y en territorios que antes fueron de Puebla, Estado de México y Michoacán. Ninguno de los tres estados estaba de acuerdo en ceder terreno, pero nadie se iba a poner a pelear contra el semillero de combatientes que era en ese entonces esta región. Puebla perdió Tlapa y Costa Chica, el Estado de México perdió Chilapa, Tixtla y Acapulco, Michoacán perdió parte de la tierra caliente y los municipios costeros de Coyuca a Zihuatanejo.

   El nombre del nuevo estado fue en honor a Vicente Guerrero, pero en los periodos que a nivel nacional hegemonizó la derecha conservadora se intentó ponerle el nombre de Estado de Iturbide. Nos recuerda esto los reiterados intentos contemporáneos del PAN por nombrar como Puebla de los Ángeles a la ciudad cuya denominación oficial es Heroica Puebla de Zaragoza.

   Los liberales, que dominaron el estado de Guerrero desde su formación, pronto copiaron los métodos juaristas, decretando ‘leyes de amortización’ cuyo fin último era despojar a la Iglesia y a las comunidades indígenas de sus tierras. Aunque en la Ley Orgánica del nuevo estado se establecían las cabeceras municipales (que eran las mismas instituidas desde el dominio del imperio azteca) los liberales fueron más a fondo en el centralismo; entre el gobernador y los municipios se nombró un prefecto político que era el encargado de todas las cuestiones verdaderamente importantes, desde el nombramiento de tesoreros municipales hasta la autorización de partidas militares.  

   Juan Álvarez fue nombrado gobernador provisional del estado, después interino y finalmente, constitucional. Pero como Guerrero seguía siendo un reservorio de combatientes, el caudillo pasó más de cuarenta por ciento de su mandato fuera del estado, por lo que hubo una cauda grande de gobernadores interinos y provisionales. Juan Álvarez fue nombrado presidente de la república y en Guerrero ejerció sin disputa el poder hasta el día de su muerte, ocurrida el 21 de agosto de 1967. Le heredaría el cargo a su hijo, el general Diego Álvarez,

 

                                                 VIII

   Todos sabemos la participación relevante que tuvieron los guerrerenses en las guerras libertarias; defendiendo la integridad de la patria, rebelándose contra la dictadura de Antonio López de Santa Anna, enfrentando en Puebla, el 5 de mayo al ejército francés de Maximiliano de Absburgo. Quiero detenerme aquí en la batalla de Puebla, donde seis mil patriotas mexicanos enfrentaron, bajo la conducción de mi general Ignacio Zaragoza, a un contingente de ocho mil soldados del mejor ejército del mundo, causándole una derrota humillante y catastrófica.

   Después de varias horas de resistir el asedio francés, entraron en combate los guerrerenses comandados por el novelista, poeta, político y diplomático Ignacio Manuel Altamirano. Era joven el estado de Guerrero, pero el hombre de pluma y espada que era Altamirano prefirió invocar nuestro viejo nombre y al grito de ¡Viva el Sur! se lanzó sobre las avanzadas francesas, blandiendo su machete costeño y definiendo en feroz combate cuerpo a cuerpo la suerte de la batalla. Las tropas que comandaba Altamirano no tenían rifles, así que estuvieron que esperar en una barranca hasta que se les diera la orden de ataque, cuando el invasor estuviera cerca de sus posiciones para aniquilarlo. Cuando ese contingente emergió los artilleros y fusileros de Zaragoza comenzaron a perseguir a un ejército que se batía en retirada. Esa fue la señal para que el escribano que traían los franceses redactara aquel informe escueto, que en austeras palabras define no sólo el resultado de la batalla, sino el curso mismo de la historia. Ese mensaje debería estar con letras de oro en el Congreso de la Unión o en algún otro lugar pleno de institucionalidad porque significa nuestra segunda acta de independencia. Era un buen redactor quien lo escribió y escogió sólo las palabras necesarias para expresar la victoria mexicana y la catástrofe francesa; aquel mensaje, que no tenía desperdicio, solamente decía: ‘el clarín francés está tocando retirada en Puebla’.

   Era la frase que esperaban no sólo los mexicanos. A partir de ese momento el planeta entero supo que el ejército francés no era invencible. Cierto que en más de un siglo no había perdido una sola batalla, pero ahora inclinaba su rey frente a un contingente en inferioridad de material humano y bélico. La noticia modificó el mapa de Europa y el de África; todos los humillados por el orgulloso ejército francés sintieron ganas de cobrar afrentas y el rey Leopoldo de Bélgica recordó que una parte del Congo era de su imperio; la recuperó y pienso que la bautizó en honor a los guerrerenses; se llama como nosotros: Congo Belga; a su capital le puso su propio nombre, Leopoldville.  

Altamirano no fue una golondrina que hiciera verano, muchos guerrerenses lucharon contra el invasor francés y quiso el destino que para uno de ellos, tan talentoso y valiente como Altamirano, fuera la gloria de atrapar al emperador. La patrulla de liberales que tomó prisionero a Maximiliano en Querétaro iba comandada por el novelista, político y diplomático tixtleco Vicente Riva Palacio Saldaña, sobrino nieto de don Vicente Guerrero Saldaña.

                                                   IX

   Ni qué decir de la participación de los hombres y mujeres de esta tierra en la revolución mexicana. Como todos ustedes saben, la revolución mexicana comenzó con una impugnación al poder de Porfirio Díaz, de parte de miembros de la misma clase pudiente, como Francisco I. Madero y el barón de Cuatro Ciénegas, Venustiano Carranza; pero después de las primeras escaramuza surgió con mucha fuerza un movimiento popular que encabezaron Emiliano Zapata en el sur y Francisco Villa en el norte. Esa irrupción de los ejércitos populares fue lo que marcó el rumbo de la revolución y le imprimió un carácter de avanzada a sus resultantes históricas. La Convención de Aguascalientes erigió una nueva arquitectura jurídica donde los derechos sociales constituyen los avances más importantes del movimiento revolucionario.

   Unos de un lado, otros del otro, los guerrerenses siguieron luchando mucho después de que se había decretado el cese formal de las hostilidades. Aquí surgieron varios generales campesinos como Jesús H. Salgado y Pablo Cabañas; más tardaban en pacificarse que en volverse a levantar en armas. Fue tanta la fama pública de los revolucionarios que hasta hubo un maestro rural que se levantó en armas al grito de ‘Guerrero para los guerrerenses’. Silvestre Mariscal es un personaje bastante gris pero que al influjo de una prédica extraña también se levantó en armas. Fue tan importante la lucha revolucionaria en Guerrero que es el único estado que tuvo un gobernador zapatista: Jesús H. Salgado, que lo fue de marzo a diciembre de 1914.

                                                      X

     A principios del siglo, el grupo dominante en Guerrero lo conforman las tres casas comerciales españolas fundadas en Acapulco a mediados del siglo XIX por el asturiano Baltasar Fernández Pando y los vascos Pedro Uruñuela y Domingo Alzuyeta. Toda la actividad productiva es controlada por ellos, desde la producción de algodón, las fábricas de hilados y tejidos instaladas en Aguas Blancas y El Ticuí, el transporte de mercaderías en toda la costa grande y hacia la ciudad de México y los permisos de transporte marítimo que ejercen en forma monopólica.

   Contra esa dominación se levantan los hermanos Escudero en Acapulco, que fundan el Partido Obrero Acapulqueño (POA), esgrimiendo demandas de tipo social y gremial por la vía pacífica.   Había llegado el tiempo de la lucha legal y surgió la necesidad de organizarse en cooperativas, sindicatos, comités agrarios y a disputar el poder local por la vía pacífica. Fue exitosa esa especie de zapatismo gremial, en 1920 Juan Ranulfo Escudero gana la presidencia de Acapulco y dos años más tarde es reelecto para un segundo periodo.

   La incursión legal de los revolucionarios les permitió hacerse del poder local y desde ahí impulsar un audaz programa de reformas. Recurrían a cualquier resquicio jurídico para hacer valer las demandas populares. Un ejemplo de su apego estricto a la legalidad es que por primera vez a nivel nacional se esgrime la ley reglamentaria del Plan de Ayala emitida el 22 de octubre de 1915, recuperando para los campesinos las tierras usurpadas por los españoles en Los Bajos, El Humo y El Arenal.

   Una de las demandas centrales del POA era la construcción de la carretera México-Acapulco, con el fin de terminar el monopolio del comercio que mantenían las casas españolas. La carretera fue inaugurada tres años después del cruel sacrificio de los hermanos Escudero a manos de testaferros de las casas españolas.

                                               XI

   La primera mitad del siglo XX fue de lucha constante en Guerrero. La vía legal se fue asumiendo poco a poco por los revolucionarios y en 1928 el general Adrián Castrejón formó el Partido Socialista Guerrerense. Se lanzó a la gubernatura por ese partido y la ganó; a partir de ahí, tomó gran impulso el reparto agrario. Castrejón fue depuesto como gobernador y su lugar lo ocupó el general derechista Gabriel Guevara.

   A nivel nacional soplaban nuevos vientos y en el sexenio del general Lázaro Cárdenas otra vez el agrarismo resurge y se intensifica la dotación de tierras. En una especie de justicia divina, Cárdenas se encarga de deponer a los que depusieron al general Castrejón, quedando como gobernador interino José Inocente Lugo, que separa de sus cargos a casi cuarenta alcaldes proclives a la política guevarista y que obstaculizaban la del general Cárdenas.

   El gran protagonista de esta parte de la historia son las masas movilizadas que surgen como comités agrarios a lo largo y ancho del estado. Las grandes afectaciones y dotaciones hechas por el presidente Cárdenas se conjugan con las nuevas organizaciones que nacen al calor de la lucha por la tierra y que hasta dan nombre a los lugares por donde pasan.   En 1933 los comités agrarios de la costa grande se unificaron en un pueblo de la sierra de Atoyac que hasta la vez lleva su nombre: Santiago de la Unión.

 

                                                   XII

   Tres militares marcan la vida política de la segunda mitad del siglo XX. El general de División Baltasar R. Leyva Mancilla es el primer gobernador que concluye su periodo en medio siglo. Deja el poder en 1957 y no se retira a la vida privada, es electo senador de la República y después es dirigente del PRI en el estado. La gran cantidad de obra pública que lleva su nombre nos habla del aprecio que aún le tiene la población; escuelas, mercados, calles y plazas llevan el nombre de este divisionario bajo cuyo mandado no hubo matanzas de opositores ni persecuciones políticas.

   Adolfo Ruíz Cortines hizo una mala lectura del entorno guerrerense de ese tiempo y reiteró la propuesta de un militar para la gubernatura.

   En el año de 1957 y hasta 1961 fue gobernador del estado el general brigadier Raúl Caballero Aburto. Era egresado de la Escuela Superior de Guerra y el primer militar que tuvo cursos en Fort Nox. Aunque nacido en Ometepec, no tenía arraigo entre la población ya que toda su carrera militar la había hecho en otras partes del país; había sido comandante militar en Aguascalientes (1953-1954) y de Jalapa hasta 1956. Como gobernador del estado se distinguió por su acendrado nepotismo, colocando a toda su familia en puestos gubernamentales.   Alejado del sentir de la gente y con la concepción contrainsurgente que seguramente adquirió en sus cursos en el extranjero, Caballero Aburto se dedicó desde el principio de su gestión a reprimir cualquier manifestación de descontento, llenando las cárceles de luchadores sociales y reprimiendo con la fuerza bruta a los sectores que se organizaban para demandar atención del gobierno.

   El 10 de septiembre de 1959 se funda la Asociación Cívica Guerrerense y comienza una etapa de grandes movilizaciones populares. Un año después, estalla un conflicto interno en la Universidad Autónoma de Guerrero, que acababa de conquistar su autonomía pero que en la práctica seguía dominada por políticas académicas que devenían desde sus tiempos antiguos de Colegio del Estado. Los estudiantes disidentes así como varios ayuntamientos en funciones se rebelaron contra el gobernador; el 11 de diciembre en Atoyac se reprimió un mitin convocado por el Frente Zapatista Revolucionario con saldo de un ciudadano muerto. A pesar de la represión el mitin no se dispersa, al contrario, aumenta su pasión y el número de asistentes, hasta lograr la libertad de los ciudadanos que habían sido detenidos en ese mismo acto, entre ellos Lucio Cabañas Barrientos. Después de una matanza en la capital del estado con saldo oficial de 15 muertos, Caballero es defenestrado mediante el método de la desaparición de poderes, recurso que se ha utilizado por el Congreso de la Unión en otras seis ocasiones en el estado. El mismo congreso nombra al licenciado Arturo Martínez Adame como gobernador sustituto, que lo hará hasta 1963.

   Antes, el 2 de diciembre de 1962 hubo elecciones. El PRI continuaba la mala lectura política y postuló al médico militar Raymundo Abarca Alarcón y la Asociación Cívica Guerrerense al profesor José María Suárez Téllez, que compitió sin registro y que tenía un gran prestigio como profesor y como ciudadano honesto. Aquí comienza a ascender la estrella de Genaro Vázquez Rojas en el firmamento de líderes sociales que tenían un denominador común: eran excelentes oradores, forjados en la lucha anticaballerista y en las polémicas al interior del movimiento social. Nunca se supo quién verdaderamente ganó la elección, aunque por la movilización que concitó su candidatura, podríamos afirmar que el profesor Suárez Téllez tenía mucho más apoyo que Abarca Alarcón. Sin embargo la represión siguió siendo el signo distintivo de la política y el 5 de diciembre, cuando todavía se contaban los votos, el profesor Suárez y varios de sus seguidores fueron aprehendidos y llevados a la penitenciaría del estado, donde permanecieron unas horas. Esa misma represión se dejó sentir en todo el estado y finalmente el médico fue impuesto como gobernador.

   Abarca Alarcón no se distinguió de su antecesor. Todo su sexenio fue de represión para el movimiento popular. El 18 de mayo de 1967 se realiza una matanza de padres de familia en una escuela de Atoyac, el 4 de agosto se asesina al síndico de Acapulco Alfredo López Cisneros (el Rey Lopitos) y el 20 de agosto caen en pleno centro de Acapulco más de veinte copreros que demandaban democracia en su organización, la Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero (URPCEG). Contra todo pronóstico, Abarca Alarcón termina su sexenio y es electo como gobernador el profesor Caritino Maldonado Pérez, hombre de cuna humilde y de ideas de izquierda, que a dos años de haber asumido el cargo muere al estrellarse el helicóptero en el que viajaba.

   En las condiciones de represión instauradas por el gobernador Abarca a lo largo de todo su mandato, las organizaciones políticas se vieron forzadas a modificar sus estrategias y métodos y la Asociación Cívica Guerrerense se convierte en la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, que se plantea la vía armada y que enfatiza en su estrategia la formación de comités clandestinos para organizar la lucha. Por su parte Lucio Cabañas se remonta a la sierra en 1967 y comienza la formación de comités de lucha que tendrán como resultado la formación del Partido de los Pobres y su brazo armado, la Brigada Campesina de Ajusticiamiento.

   Hemos llegado a fechas que no son contemporáneas, de eso hace ya casi medio siglo, pero nadie duda que la última impugnación armada importante que tuvo el sistema político mexicano se escenificó aquí en Guerrero, donde el ejército fue utilizado como corrector de los errores de políticos insensibles, ineptos y corruptos. Las secuelas de esa historia todavía perviven y existe un consenso de que fueron esos acontecimientos los que hicieron que el sistema político mexicano se abriera a la libre competencia de partidos y a la pluralidad.

   Espero que con este repaso a vuelapluma haya quedado más claro el prestigio que tenemos los guerrerenses de haber nacido en tierra de hombres y mujeres valientes. Agradezco una vez más la invitación y la gentileza de su atención. Muchas gracias.

(*) Conferencia dictada el 22 de noviembre en la Base Aérea Militar 7 a la asociación de egresados Heroico Colegio Militar.

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