El Príncipe de Florencia y el escritor de Zirándaro

Zapata 21

A la memoria de Cuauhtémoc Sandoval Ramírez.

Amigo, compañero, internacionalista.

 

                                                            I

   El Príncipe de Florencia es la obra cumbre de Jorge Salvador Aguilar. Lo es por necesidad: su autor murió días antes de la presentación; pero sobre todo lo es porque en esa novela histórica se potencian sus cualidades de escritor y su pluma logra párrafos excelsos.

   Se trata de la biografía de Nicolás Maquiavelo; es también la apretada síntesis de una época, el Renacimiento, donde comienza a correrse el espeso velo del oscurantismo. En el libro se relatan magistralmente las conjuras de Reyes, nobles, cardenales y generales, para apoderarse de ciudades, principados y solios pontificios. Tal vez los personajes de esa época no hablaban como lo relata el autor, pero al escoger las frases, el relator simplifica teorías y logra que el lector distinga el perfil de los personajes con sólo leer una frase.

                                                             II

   La lectura de la obra es agradable. Una prosa ágil y sencilla dirige al lector a un paseo por la Europa de los siglos XV y XVI, cuando se están consolidando o formándose los Estados-nación que hoy conocemos. En ese tiempo el mapa de Europa, sobre todo el de Italia, cambian a cada rato y las ciudades pasan del dominio de un reino a otro; de la hegemonía de una fracción política a otra y los ejércitos mercenarios se alquilan a quien pueda pagarles.

   Florencia no es la excepción; la ciudad donde crece y vive Nicolás Maquiavelo es escenario de conjuras que hacen que el poder cambie de manos y que se instauren modas políticas y tradiciones que duran lo que un suspiro.   Independientemente de esas modas y banderías, la ciudad mantiene una espléndida continuidad en lo que será su sello distintivo: la existencia de una pléyade de intelectuales y hombres de ciencia en los cuales fincará su prestigio como la ciudad más culta de Europa. Es también la ciudad de Girolamo Savonarola, el monje dominico que desde el púlpito encabezó una verdadera cruzada contra la riqueza y las desbordadas pasiones que se instalaron en el Vaticano. En su hoguera de las vanidades ardieron muchos lujos y riquezas de la nobleza florentina; su prédica implacable terminó instalando en la ciudad un gobierno inspirado en su discurso; hasta que la Inquisición se cansó de escucharlo y lo quemó en la hoguera.

   La vida del primer tratadista de política moderna se alimentaría de esta tradición cultural y de la lectura de toda la antigüedad clásica latina y griega (Tito Livio, Plutarco, Dante, Petrarca, Bocaccio); es decir, de lo mejor que había producido eso que después se llamaría “la cultura occidental”. Maquiavelo no se nutre sólo de teoría; su paso por el poder, primero como ayudante y después como Secretario de la Signoría florentina (el Consejo de los Grandes), lo convierten en un personaje clave para tejer acuerdos con Estados, imperios y ciudades antagónicas. En esas tareas, Maquiavelo cruza los Alpes cuando menos en doce ocasiones. Sus embajadas corrieron con muy diversa suerte, las hubo exitosas y desastrosas; en otras lo relevaron de su encargo cuando estaba a punto de conseguir un buen acuerdo. Esos resultados polivalentes fueron el signo de su vida, desde el amor, donde pasó del infortunio a los placeres, y la guerra, donde obtuvo el rescate de Pisa, la derrota de Prato y fueron licenciadas sus tropas cuando con sus patriotas florentinos estaba a punto de rendir a un ejército de mercenarios.

Una ciudad sin un ejército propio no puede defenderse de las agresiones de aventureros y mercenarios. Maquiavelo convence a la Signoría y le encargan el reclutamiento de contingentes de patriotas, con los que recupera la ciudad de Pisa, poniendo a prueba el ingenio de Leonardo Da Vinci, que desvía el cauce del río que surtía de agua a la ciudad, que después de un mes de sitio se rinde a las fuerzas del Secretario. Sería derrotado después en Prato por el ejército español, que saqueó Florencia y realizó una de las matanzas más abominables de la historia.

   Depuesta la República y reinstalado el domino de los Médicis, Maquiavelo es destituido y después encarcelado, torturado y liberado por una providencial amnistía. De regreso a su hogar, escribe De Principatibus, la obra que resume sus conocimientos teóricos y prácticos acerca del poder.

                                                     III

 

   El Príncipe de Florencia puede leerse también como el testamento político de Jorge Salvador Aguilar. A lo largo de sus páginas, el lector curioso puede encontrar varios párrafos donde el autor se retrata a través de sus personajes. Tal vez por eso en los diálogos se escogen aquellas frases que de un solo golpe definen al protagonista. Ello le da a la obra una fluidez difícil de conseguir en los relatos históricos, en los cuales, a diferencia de la ficción literaria, el escritor tiene que seguir una trama ya previamente establecida por los hechos. Casi al final del libro, Jorge Salvador Aguilar afirma que:

     “Entre sus manos, Nicolás tiene el opúsculo donde está lo que ha aprendido sobre el poder. Como todas las joyas invaluables, es pequeño, brillante, misterioso. Ahí está encerrado lo que ha traído de su viaje al infierno, durante los duros días de su cautiverio, lo que le habían enseñado sus sabios contertulios en las noches del Albergaccio, lo experimentado en sus catorce años sirviendo a Florencia, lo leído en los gestos de los reyes, en las miradas desdeñosas de los Papas, en las sonrisas intimidante de los tiranos, en las amenazantes frases de César Borgia, en los encantadores desplantes de Caterina Sforza, en sus largas noches de desvelo al frente de la Cancillería. Aquí está la esencia de la política; sus trampas, sus callejones secretos, los atajos. Lo contempla con cariño, lo acaricia tiernamente. Sólo quien haya tenido en sus manos a su primer hijo, largamente esperado, puede entender los sentimientos que albergaba en su alma. El pequeño volumen que tiene en sus manos es mucho más que un libro; ahí está concentrado no sólo su amor a la política y a Florencia, sino sus sufrimientos y esperanzas”.   (Pag. 357)

   Es a Maquiavelo a quien se refiere, pero lo mismo podría decirse del autor, que sufrió y gozó con la escritura de este libro, donde resume sus pasiones, sus aciertos y sus reveses. Lo mismo le ocurre a otro escritor guerrerense; Renato Ravelo Lecuona dice en Historia de Juan: “Escudero inicia entonces una actividad febril”. Después de esa frase, Renato logra un párrafo ¡de sesenta cuartillas!. No, la actividad febril y la hiperactividad no eran de Juan Ranulfo Escudero; él estaba muy tranquilo incluso horas antes del martirio, esperanzado tal vez en las promesas que su madre había obtenido de un sacerdote. En ese extraordinario esfuerzo literario, que rompe cualquier reto de acumular palabras antes de un punto y aparte, Renato Ravelo relata su propia prisa, originada por un cáncer terminal que lo acuciaba a terminar su obra.

                                                           IV

 

   La obra es buena, pero la revisión literaria y el corrector de estilo dejaron pasar muchos errores ortográficos y de dedo (por ejemplo: ‘paldín’ en lugar de paladín, exitante en lugar de excitante y malesa en lugar de maleza). Son errores que no interrumpen la fluidez del relato; aunque sería bueno eliminarlos en ediciones posteriores, la calidad literaria, histórica y metodológica de la obra así lo exige.

   Arriba afirmamos que los personajes de la novela hablan de una manera contundente. Sus frases parecen extraídas de un tratado político; no son palabras cotidianas, de hombres y mujeres sencillos; son las que pronuncian Papas, cardenales, generales mercenarios, príncipes, reyes y jefes de Estado. Pero aun la esposa de Maquiavelo, sus compañeros de parranda y sus amores ocasionales hablan con la severidad de quien sabe que habla para la historia.

Ese no es un defecto de la obra; al contrario, al mantener la continuidad en el lenguaje, hace que el lector conjugue perfectamente la vida de Maquiavelo con su entorno. Quien lea esta obra y no haya leído al florentino previamente, encontrará en ella las claves secretas del pensamiento político de Maquiavelo, que se nutre no sólo de teoría sino también de su paso por la práctica política.

   Tal vez para estos efectos hubiera ayudado no abusar del subjuntivo ni de las conjugaciones en segunda persona del plural. Si bien es cierto que los españoles de ese tiempo hablaran así, es muy improbable que los italianos (los florentinos, sobre todo), hablaran con esa ceremonia y en esos tiempos verbales (¿Vos comprendéis). En el siglo XVI había en Italia muchos dialectos, pero dos eran los más usados: el romano clásico, descendiente directo del latín y el florentino, lengua que era romance, pero que incorporaba muchos vocablos que dejaron los sajones y germanos que los dominaron en distintas épocas. En descargo del autor hay que reconocer que la utilización de los adjetivos es impecable; no sólo están de acuerdo a la cualidad que definen, sino que están perfectamente contextualizados en la época. Por ejemplo, el atlético César Borgia no es como Stallone o Charles Atlas; es “vitrubiano”; es decir, tenía las proporciones perfectas, como ‘el hombre del Vitrubio’, el célebre dibujo de Leonardo Da Vinci.

                                                       V

   El Príncipe de Florencia no es una obra de Jorge Salvador Aguilar, es su obra en ella se resume su pensamiento político y el autor nos informa del abordaje final de todos sus temas vitales. Aguilar Gómez estudió ciencias políticas en la UNAM. Allí debió haber tenido las primeras noticias sobre Maquiavelo y su obra. En sus ensayos eran comunes las citas del florentino y más frecuentes sus paráfrasis. Lo estudió tanto que terminó fundiéndose con él. Su dirección de correo electrónico nos da noticia de esa obsesión (maquieveloyalgo). El autor estudia a Maquiavelo con la tenacidad con la que deben perseguirse los temas vitales. Tan es así que al terminar la pesquisa un equilibrio se rompió en su naturaleza y murió cuando estaba a punto de presentar su obra. Hay varias buenas biografías de Maquiavelo; pero ninguna tiene la pasión del escritor guerrerense, donde advertimos el fuego abrasante de la política, el poder y la carne.

   El escenario es muy amplio; los datos biográficos de Maquiavelo son un pretexto para que el autor nos lleve al principio de El Renacimiento, cuando la sociedad europea, inducida por sus mentes más lúcidas, comienza a levantar la costra oscurantista que la dominó durante diez siglos. En un correo electrónico dos semanas antes de su deceso, Jorge Salvador nos explicaba a un grupo de amigos que fue muy a propósito escoger el Renacimiento como tema de estudio: “En esa época se fundaron nuestras tradiciones, mitos y modas políticas, se fincaron nuestros valores y nuestros prejuicios”.

   Es un gran mérito que las peripecias de ese corrimiento nos las muestre un periodista guerrerense (zirandarense, mejor debería decir). Aquí, donde tenemos uno de los más altos índices de analfabetismo, hubo un hombre que escogió como tema de sus reflexiones y su vida a actores lejanos en geografía y en el tiempo, a quienes estudió apasionadamente, para mostrarnos a un mismo tiempo su extraordinario talento.

   La publicación de El Príncipe de Florencia se produce en un momento esplendoroso de la cultura guerrerense. Los autores del terruño ganan concursos nacionales e internacionales, se publican varias revistas de calidad y está en marcha una campaña intensiva de alfabetización.   Con la biografía de Maquiavelo y el estudio de su entorno político y cultural, la intelectualidad guerrerense repica fuerte en el Olimpo de las letras.

 

CORREO CHUAN

Jeremías Marquines ganó el concurso de poesía Aguascalientes, uno de los más prestigiados galardones en ese género de las letras; Gustavo Martínez Castellanos ganó un concurso del Instituto Nacional de Bellas Artes, el fotógrafo Pedro Pardo ganó un concurso internacional con una fotografía muy cruda, que habla de la violencia en Acapulco. Si a todos esos galardones añadimos la publicación de buenas revistas como 99Grados, que dirige Edgar Neri, Entre Líneas, que dirige Allan García y Hojas de Amate, que coordina Gela Manzano, podemos concluir con alegría que la cultura guerrerense está pasando por un momento de esplendor. En nuestra tierra se escriben y publican buenos libros como Las pausas concretas, de Roberto Ramírez Bravo, El barco que nunca zarpó, de Rubén García y El príncipe de Florencia, obra póstuma de Jorge Salvador Aguilar.  

   Los temas de nuestros escritores nos hablan de la pluralidad de enfoques y de la vastedad de nuestro universo cultural. Jorge Salvador Aguilar escoge el Renacimiento y el estudio de Maquiavelo como tema, Gustavo Martínez Castellanos estudia exhaustivamente la obra de Williams Shakespeare para proponer “Doce modelos mexicanas para Shakespeare”, Roberto Ramírez Bravo nos lleva a un paseo por la realidad guerrerense actual y Pedro Pardo nos regala con su lente un instante cruel pero cierto del Acapulco de estos días. Creo que es sólo el comienzo; si continúa esta tendencia, el primer cuarto del siglo XXI se conocerá como la Primavera Guerrerense.

   Manuel Añorve dejará la presidencia de Acapulco para ser diputado por la vía plurinominal (es la única que le quedaba; en competencia abierta le hubieran ganado con una escoba con trapos). Deja Acapulco con la basura en todas las calles, con una deuda gigantesca, con un clima de inseguridad terrible y con un ambiente de incertidumbre que apenas se confirma con el enorme número de cortinas bajadas. A él ya no le importa, tendrá un nuevo hueso.

   El correo chuan dice que las letras guerrerenses están de plácemes; nuestros intelectuales avanzan con paso firme en el Olimpo y está en marcha una campaña de alfabetización que nos traerá nuevos y mejores lectores. Dice también que la carrera política de Manuel Añorve es la deuda más cara que pagarán por años los acapulqueños. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

E-mail: correochuan@hotmail.com