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El incendio, despertar del letargo

El incendio, despertar del letargo
  • Publishedagosto 21, 2016

El incendio, despertar del letargo

Isaac Flores

La madrugada del lunes 8 de agosto un incendio en el mercado “Morelos” despertó a Coyuca del letargo de la indolencia, devolviendo a la ciudad a una realidad que se había negado a reconocer. Desnudó, por un lado, la incapacidad del gobierno local para hacerle frente a un siniestro que pudo terminar en una tragedia de proporciones épicas ante la falta de una Unidad de Bomberos. Y por otro, las llamas también revivieron el tema del traslado de los locatarios al nuevo mercado, un asunto que parecía condenado a un naufragio perene en aguas turbulentas.

Al fin terminó el juego palaciego de la serpiente que intenta morderse la cola y nunca lo logra, dando solo vueltas en círculos. Lo que ha quedado en evidencia es que todo se complicó desde el momento en que cada parte decidió defender sus intereses, dejando de lado los de los ciudadanos. Los locatarios que no quisieron irse por estar en desacuerdo en la distribución de los locales (aunque el motivo real es que no les tocó el número de locales que pretendían y porque ya no podían contar con privilegios como tener los “diablitos”) se aferraron a una bomba de tiempo, cortejando a la muerte cada día.

Mientras, el alcalde evidenció la ausencia de determinación y optó por la indolencia motivada por el cálculo político. Al final el destino alcanzó a ambos y desnudó sus miserias. Lo que parecía ser un asunto entre locatarios y autoridades desde el pasado lunes se convirtió en un tema de los ciudadanos por todas las implicaciones que conlleva: seguridad de la población, el progreso y el bienestar común. El grupo pequeño de comerciantes que se niegan a abandonar lo que queda del viejo mercado ya no pueden decidir sobre un asunto que atañe a miles de coyuquenses. La minoría que se resiste es la misma que con sus actos ha dejado claro que sus intereses están en dirección opuesta al bien colectivo.

Los que hoy se niegan a irse son los mismos que eligieron la zona donde sería construido el nuevo mercado y hasta diseñaron la maqueta. Para ellos el cachorro es fino solo si lo tuvo su perra. La puñalada que dejó herido de muerte al mercado ocurrió a las 9 de la noche del domingo 7 de octubre de 2001 cuando un sismo descomunal, de 7.2 grados en la escala de Richter con epicentro en esta tierra, sacudió a gran parte del territorio nacional. En ese mismo mes autoridades de los tres niveles de gobierno emitieron un primer dictamen con un veredicto contundente: había sufrido severos daños en su estructura y la vida útil del mercado había terminado por lo que representaba un riesgo latente.

Siete años más tarde, en el 2008, en un afán por desacreditar los dictámenes realizados por el Centro Nacional para Prevención de Desastres (CENAPRED), Protección Civil Municipal y Estatal, los locatarios contrataron un grupo de expertos en el ramo que finalmente volvieron a confirmar que el inmueble no está en condiciones para seguir ocupándose, y aun así no hicieron caso. Para no ceder terreno a la desmemoria es prudente dar a conocer esos dictámenes para que la gente se dé cuenta del peligro que se corre en ese lugar.

Los más de 100 locales reducidos a cenizas por el incendio hoy son un argumento que no pueden refutar quienes aún se oponen al desarrollo, y por si eso fuera poco autoridades de Protección Civil han vuelto dictaminado lo obvio, que el lugar pone en riesgo la vida de quienes ahí intenten realizar una actividad comercial. Habría que recordarles a los locatarios que si bien ellos son concesionarios de los cajones los ciudadanos son los que compran y por lo tanto deben ser tomados en cuenta.

Un pragmatismo comercial. Coyuca ya no debe ser rehén de nadie, ni de avaros ni autoridades indolentes. No puede ser posible que el puntal del progreso aguarde a dos kilómetros al oriente del caudaloso río y haya quienes todavía se aferren al pasado. Este es el momento adecuado para dar el paso hacia adelante. Lo que pudo ser una transición llena de esperanza al final ocurre entre humillación y bolsillos lastimados. Las autoridades deben aprovechar esta sacudida para acelerar la transición y hacer que “todas las rutas fluyan hacia el nuevo mercado” como dijo el gobernador Héctor Astudillo en su visita del pasado martes.

En este tren ya no hay espacio para la indolencia, todos deben ser conscientes de los riesgos que se ciernen sobre el mercado “Morelos” que este 2016 cumple 42 años de que José Flores Rico lo construyera en los albores de los años 70s. Eso lo sabe perfectamente el alcalde Javier Escobar, quien ha caído en su propia trampa y ahora deberá empujar hacia adelante y encomendarse a que la historia lo juzgue como un presidente resuelto, que no cedió a presiones y decidió utilizar una medicina amarga pero necesaria para un mal que pintaba ser un lastre en su administración.

Debe hacerlo porque a estas alturas su nombre es mencionado en todas las conversaciones y la mayoría de las ocasiones no salen bien parado. Por la conocida cercanía con su antecesor, a Javier Escobar se le ha tachado de ser un alcalde sin personalidad y de seguir instrucciones ajenas, pero hoy tiene frente a él la oportunidad de sacudirse las teorías conspirativas y demostrar para qué quería estar ahí. Debe demostrar que no es Damocles en la corte de Dionisio I, de la alegoría moral de “La Espada de Damocles”.

El siniestro ha colocado, por el momento, a cada payaso en su circo y cada zorra en su rosal. Ni uno ni otros deben esperar a que ocurra una tragedia como la del lunes para que tomen conciencia de que la que está en riesgo no se compara con votos o codicia, y con esto no intento emular las visiones apocalípticas de Juan pero sí dejar claro que postergar lo inevitable solo traerá lamentos.

Ojalá que otro evento desafortunado no nos obligue a escribir esquelas en estas páginas a causa de la mezquindad y apatía. Coyuca ha despertado y se ha dado cuenta que no se puede dejar en las manos de unos cuantos la seguridad de muchos. No hay que olvidar que estamos en el Cinturón de Fuego del Pacífico, la zona de más alta sismicidad en el continente, junto con Chile. ¿Qué espera el gobierno? Otro desastre. ¿Qué esperan los locatarios? Que la población les aplique un embargo en reacción a su necedad. Ni uno ni otro escenario debe ocurrir en Coyuca, un pueblo que ya debe dejar de aportar tanta sangre para lograr sus grandes transformaciones.

Lo bueno de la historia es que nos anticipa lo que pasará, lo único que cambian son los actores y las épocas. La simulación ha terminado, después de esta tragedia los disfraces han caído y cada quien saldrá con el rostro descubierto a enfrentar sus responsabilidades. Alcalde, locatarios, Coyuca ya no es la misma de hace 4 décadas, hoy los observa con atención y manifiesta su sentir, decidida a hacer lo necesario para hacer valer su derecho a ser escuchada.

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