Abordar un camión urbano o un taxi colectivo amarillo en las calles de Acapulco se ha convertido en una ruleta rusa diaria. Lo que debería ser un traslado rutinario hacia el trabajo o el hogar es hoy una travesía marcada por el peligro, los excesos al volante y cobros arbitrarios que laceran la economía de las familias acapulqueñas.
Usuarios de diversas colonias denuncian que las unidades del transporte público operan en total descontrol. Los camiones urbanos transitan convertidos en verdaderas discotecas ambulantes, donde la música estridente opaca el rugir de motores en mal estado y oculta la imprudencia de conductores que, en repetidas ocasiones, ingieren bebidas alcohólicas, drogas o van distraídos conversando mientras manejan a velocidades extremas sin medir las consecuencias.
Mariana, una de las usuarias afectadas, advierte que la impunidad reina en las vialidades del puerto: choferes que ya han provocado percances graves continúan al frente de las unidades con total tranquilidad y conservan sus licencias de conducir sin que exista autoridad que les ponga un alto.
Además, señala que el constante incremento a las tarifas resulta inaceptable ante el deterioro y la suciedad de las unidades, aunque enfatiza que los ciudadanos también deben asumir la responsabilidad de mantener limpios los vehículos.
A esta dramática realidad se suma la voz de Eladio, vecino de la colonia Emiliano Zapata, quien califica el servicio como un auténtico abuso. Denuncia que en terminales improvisadas los pasajeros son sometidos a esperas de más de 15 minutos bajo el sol, únicamente para abordar unidades cuyos choferes imponen de manera arbitraria tarifas de 25 y hasta 30 pesos por trayecto, rebasando por completo los costos autorizados.
Para la población de escasos recursos, el problema trasciende el riesgo físico y golpea directo al estómago. Eladio calcula que un trabajador promedio gasta habitualmente más de 100 pesos diarios solo en transporte. Un caso similar es el de la señora Santa Cruz Bailón, quien invierte hasta mil 500 pesos quincenales para trasladarse al centro de la ciudad, un monto insostenible en medio de la carestía actual.
Sin embargo, el costo financiero se empaña aún más ante el miedo constante. Santa Cruz confiesa el pavor que siente cada vez que sube a un camión o a un taxi colectivo amarillo, viaja con la zozobra de no llegar con bien a su destino, con la sensación permanente de que en cualquier curva o aceleración el vehículo terminará volcado o impactado por la imprudencia del conductor.
Frente a este escenario de abandono e inseguridad, la ciudadanía de Acapulco lanza un clamor urgente a la Dirección de Transportes del Estado de Guerrero: es indispensable meter en cintura a los concesionarios, retirar licencias a choferes imprudentes, frenar los aumentos ilegales al pasaje y exigir unidades dignas y seguras para los miles de hombres y mujeres que día a día sostienen la economía del puerto.
