Opinión

Víctor Salinas, diputado a la antigüita

  • Publishednoviembre 11, 2013

Zapata 21

I

 

   Una diputación local o federal es un cargo de elección popular de la mayor importancia. Los diputados se encargan de redactar las leyes que nos rigen, de vigilar su cumplimiento por parte de las autoridades ejecutivas y judiciales, de dirigir y participar en los foros y debates sobre una gran diversidad de temas y de promover el desarrollo armónico de las comunidades mediante la gestoría o la administración de obra pública.

   Los primeros diputados mexicanos fueron esencialmente legisladores; debatieron en sus congresos aquellas leyes que eran convenientes para el país y transformaron la fisonomía política de México al dotarlo de ordenamientos jurídicos acordes con las nuevas realidades y consensos políticos.   La legislatura más importante en la historia de México es el Congreso Constituyente de 1917; en él los diputados que todavía tenían el olor a pólvora en su cuerpo diseñaron la arquitectura jurídica que aún nos rige. Salvo raras excepciones, como la del poblano Luís Cabrera, la mayoría de esos legisladores no venían de la cátedra o de la academia; venían de una guerra que había desangrado a la nación y que se hizo precisamente para modificar el estado de cosas que prevalecía en el porfiriato. Esos diputados, campesinos y obreros los más, tuvieron la grandeza de divisar un país distinto a aquel en el que habían hecho sus vidas. Incluyeron en su nueva propuesta muchos derechos sociales hasta entonces inexistentes como el derecho a la salud, al trabajo, al esparcimiento sano, a la huelga, a la protesta y a la justicia pronta y sin marrullerías. En una grandeza de miras admirable, incluyeron en el artículo 29 el derecho del pueblo a rebelarse cuando considere que está viviendo en la opresión.

 

                                               II

 

   Con la instauración en México de un régimen de partido único y con la estabilidad económica y política que lograron los regímenes postrevolucionarios, los diputados comenzaron a disminuir el sentido épico de sus acuerdos y a cambiarlos por decisiones burocráticas donde el debate era desplazado por la línea política dictada desde los asientos verdaderos del poder, el Ejecutivo. Lejos ya de la marea alta del movimiento revolucionario, apagada la brasa que incendió las almas de los Constituyentes, los nuevos legisladores se convirtieron en comparsas del poder y comenzaron a ver disminuido su prestigio por lo insubstancial de sus debates y por los largos periodos en que nada hacían por sus representados.

   Como el periodo ordinario de sesiones era de sólo tres meses, el régimen priísta inventó la tarea de gestoría para que algo tuvieran que hacer los diputados en los nueve meses que le dedicaban a la holganza. La gestoría servía además para reforzar los lazos corporativos con los ciudadanos; de esta manera, la gente percibía que de algo servía el legislador aparte de ir a levantar el dedo a las sesiones del congreso. La gestoría afirmó el carácter patrimonialista de la política mexicana; después de los diputados, con la llegada de la democracia pluripartidista, esa tarea fue compartida por los regidores municipales y el reparto del poder se acentuó al grado que diputados y regidores administran partidas especiales para obra pública. Así, tanto los legisladores como los representantes municipales tuvieron una pequeña parcela de poder que los hacía importantes ante los constructores y contratistas, que tenían que mimarlos para que les autorizaran determinada obra. Ni qué decir que de esa manera se ampliaron las vías de la corrupción porque también ellos comenzaron a cobrar comisiones por asignar obra pública.   La verdadera función de los diputados quedó desvirtuada a niveles de que mucha gente piensa que un legislador debe esencialmente conseguir cosas para sus representados y repartirlas.

 

                                                 III

 

   Obvio es decir que México es el único país donde ocurre este fenómeno de subvaloración de la función legislativa de los diputados; en el resto del mundo los representantes o diputados se encargan esencialmente de discutir y aprobar leyes y de participar en el debate político y social. Por lo mismo, los legisladores están obligados a informarse pormenorizadamente de todo aquello que afecta a la sociedad. Para dar una opinión con conocimiento de causa, los congresos o legisladores contratan los servicios de asesores, de institutos o universidades para que les hagan estudios sobre el medio ambiente, la calidad del agua, las consecuencias económicas de aprobar determinada ley, el estado de los sistemas educativos y de salud y de todos aquellos temas de interés público. Los ciudadanos además se han acostumbrado a presionar legalmente a sus representantes mediante cartas o movilizaciones frente a sus oficinas e incluso frente a sus hogares para que voten en determinado sentido una enmienda constitucional. Esas modalidades de estudio, análisis concienzudo y movilización social hacen que la vida comunitaria se enriquezca y que se promueva la participación de la gente en los asuntos de interés público.

   Por fortuna en México cada vez son más los diputados que se preparan e informan cotidianamente de los asuntos que interesan a toda la sociedad. Un legislador federal me decía hace dos meses que tiene que pararse a las cinco de la mañana a revisar su cuenta de correo electrónico para leer las versiones digitales de tres diarios de circulación nacional y varios locales con el fin de que si en la mañana alguien le pregunta algo él esté preparado para responder adecuadamente; “ya ves cómo son tus compañeros, a veces lo agarran a uno mal parado y sin información”.

                                                   IV

 

   Sin embargo todavía hay políticos formados en los viejos estilos de la cultura de “la línea”, a quienes no les importa prepararse y mucho menos dar una opinión informada sobre determinado tema. Nuestro representante al congreso del estado, el diputado por el distrito 8 Víctor Salinas Salas es uno de ellos. No abundaré aquí en las deficiencias y omisiones que en otra nota se explican a detalle, me toca tan solo hacer la caracterización de un comportamiento político y legislativo al que la palabra mediocre le resulta sobrada (mediocre viene de medianía, tiene el término un sentido neutro, que pasó a ser despectivo cuando llegó la cultura de los triunfadores y del éxito obtenido a cualquier costo. Aristóteles y Sócrates afirmaban la medianía como el objetivo esencial del ser humano; Benito Juárez proclamó a los funcionarios públicos “vivir en la sana medianía que dan los ingresos decorosos, sin aspirar a mayores beneficios que aquellos que devienen del trabajo honrado”).

   Víctor Salinas es un político formado en la vieja escuela del partido único, allí donde imperaba la disciplina ciega, la ausencia de debate y el seguimiento de una línea política que nadie discutía ni cuestionaba.   Las cualidades que se obtienen en ese tipo de práctica política fueron las que lo convirtieron en líder magisterial, no el hecho de que fuera un buen maestro o alguien que estuviera entrenado en el arte de exponer ideas y debatir. En un salto mortal que sólo puede explicarse en el surrealismo que impera en la política mexicana, Salinas Salas se convirtió en candidato del PRD sin conocer el discurso de izquierda y sin saber que (cuando menos en teoría) en esas formaciones políticas se requieren algunas dosis de conocimiento más allá de las que devienen del seguimiento acrítico. La machincuepa le salió bien y fue electo diputado local.

   Es obvio que no ha estado a la altura de este tiempo guerrerense; muchos problemas, muchos temas y el señor diputado en lugar de participar en debates acude a la cámara a dormirse en sus sesiones. Jamás ha propuesto un punto de acuerdo y la única vez que pasó a tribuna fue para felicitar al gremio del que forma parte. Son de tal tamaño sus omisiones que hoy ningún coyuquense sabe cómo piensa su diputado. Aquí difiero de Osiel Pacheco; es cierto, Salinas no opinó sobre el conflicto magisterial y la propuesta educativa, pero pudo hacerlo en cualquier sentido. Conozco buenos análisis y razonamientos, más o menos bien estructurados, de maestros y ciudadanos que apoyan la contrarreforma de Peña Nieto; él como maestro pudo haber opinado en cualquier sentido, no necesariamente en el que hubiéramos querido sus representados o los miembros de su gremio. Lo malo es que el señor no opina ni siquiera para decir “ésta boca es mía”.   Tal vez no conoce mucho el asunto, pero para eso están sus asesores, su dirigente de fracción y mucha gente a la que puede acercarse en busca de luces; nadie sabe todo de todo y el que sabe no sabía. Es cosa de tener humildad y aceptar que la gente tiene que estar preparada para el puesto que desempeña. Incluso si él no tuviera opinión puede organizar un foro con especialistas o preguntarle a sus representados qué opinan de determinado tema; lo que no puede hacer es lo que ha hecho: quedarse callado como un invitado de piedra.

   Faltan dos años, ojalá que el diputado mejore substancialmente su actuación como legislador. A los coyuquenses no nos honra tener un diputado del silencio; al contrario, nos humilla la foto en que está dormido mientras en su tarjeta de cobro se escucha el sonido metálico de los cuantiosos depósitos que se le hacen para que desempeñe su cargo con decoro y vigor republicano. Los coyuquenses necesitamos una voz en el Congreso del Estado.

 

CORREO CHUAN

 

   El trabajo en el Congreso del Estado es disparejo; hay diputados como Marcos Efrén Parra, Héctor Apreza y Héctor Astudillo que combinan muy bien el debate político con la gestoría, hay otros como el diputado Marchant que vierte opiniones sin conocer los temas y que en un gesto poco caballeroso y digno de un bellaco presiona para adelantar los tiempos en la sucesión de don Juan Alarcón al frente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos. El abogado Alarcón está pasando un momento muy difícil, merece respeto por la trayectoria que tiene y porque su estado de salud no es el que sus amigos quisiéramos.

   El correo chuan dice que si los coyuquenses conservan la memoria Víctor Salinas Salas no tiene ninguna oportunidad para continuar su carrera política en el municipio. Lo que debe hacer es aplicarse en su tarea como legislador y tratar de recuperar el tiempo perdido en dormir en su curul como un oso invernando (es un decir, el tiempo perdido nunca se recupera por una simple razón: el tiempo es unidimensional; por eso es impropio decir “en este instante”, cuando terminamos la frase el instante ya pasó. Así lo dijo Ezra Pound en su libro “En busca del tiempo perdido” y también el abuelo Heráclito, quien afirmó: “nadie se baña dos veces en el mismo río”; más recientemente lo repitió Roberto Livi en una bella melodía que inmortalizó José José: “porque somos como ríos, cada instante nueva el agua, el amor acaba” ). Y así, por esta vez también el correo chuan termina hablando de romances y de las frases inmortales de la vida. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

 

E-mail: correochuan@hotmail.com

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