En un escenario donde la gestión cultural nacional enfrenta recurrentes recortes presupuestales y desinterés institucional, la autogestión y el trabajo colaborativo se han consolidado como la principal vía de supervivencia para las artes visuales en México.
Muestra de esta dinámica es el reciente encuentro albergado por Demina, Laboratorio de Artes, espacio acapulqueño que recibió a una delegación de jóvenes creadores y docentes provenientes de San Luis Potosí para presentar una propuesta expositiva conjunta.
Esta iniciativa es el resultado de un año de trabajo articulado entre tres espacios independientes: Torre Andrade, ubicado en León, Guanajuato; Demina, en Acapulco; y Casa Canera, con sede en San Luis Potosí.
El proyecto germinó tras una primera exposición en tierras leonesas que abrió la puerta para conectar la escena artística de la costa con el centro y norte del país, dando origen al programa El arte de hacerse güey. Como parte de esta colaboración, el año pasado se construyó en territorio potosino una réplica exacta del pasillo de Demina. Ahora, en correspondencia, el recinto guerrerense instaló el dispositivo de arte interactivo denominado Casa Canera Cuata.
En este espacio se exhibe el trabajo de una generación de jóvenes talentos formados a través del proyecto Colocaos, financiado por el Patronato de Arte Contemporáneo (PAC). Dicho programa, que cuenta ya con dos emisiones ganadas, contempla tres etapas de desarrollo: talleres de formación, conceptualización técnica y la fase enfocada en el arte de enseñar para enseñar.
El objetivo central radica en capacitar a las y los estudiantes, brindándoles herramientas para que puedan autogestionar sus propios espacios independientes e insertarse con solidez en el circuito artístico regional y nacional.
La comitiva que viajó a Acapulco para el montaje y la retroalimentación museográfica estuvo integrada por un grupo mayoritariamente femenino de ocho expositoras —Paulina Lucioto, Brega Acosta, Zoe Díaz, Sam Díaz, Ayuri Álvarez, Madrileña Betancourt, Flora Moreno y Yona Juárez— coordinadas por los asesores Melissa Salazar, Montserrat Escudero, Alan Castro y José Martínez, conocido artísticamente como El Homie.
José Martínez, creador potosino de 37 años, docente y coencargado de Casa Canera junto a Alan Castro, enfatiza que la autogestión ha exigido un esfuerzo híbrido. Al combinar sus labores magisteriales con la búsqueda activa de patrocinios para hospedaje, alimentos y recorridos, han logrado cubrir la logística sin trasladar costos excesivos a las y los alumnos, quienes solventaron únicamente su pasaje.
Martínez subraya que ante emergencias como la pandemia o el impacto devastador del huracán Otis, la articulación colectiva es la única respuesta eficaz cuando las instituciones dejan de responder.
A la par del esfuerzo organizativo, Martínez presenta una serie de 25 dibujos elaborados a lapicero de color, además de piezas en pintura acrílica y aerografía. Su obra explora la estética del cholismo, el pachuquismo y la migración chicana.
A través de este trabajo, reflexiona sobre cómo las redes sociales han propiciado una hibridación visual donde las nuevas generaciones retoman vestimentas y tatuajes sin necesariamente habitar la crudeza, la desigualdad o la memoria ideológica del barrio tradicional.
Su propuesta técnica responde también a sus dinámicas como educador, recurriendo al lapicero de color por la practicidad que exige el formato y reivindicando la aerografía, un oficio de alta precisión muy presente en los camiones urbanos de Acapulco pero históricamente relegado de las galerías formales.
En el plano personal, Martínez comparte una trayectoria vinculada desde la infancia a la gráfica popular debido al trabajo de su padre como pionero del tatuaje en San Luis Potosí y a la influencia pachuca de su abuelo, influencias que nutren tanto esta serie como sus proyectos sobre identidad, entre los que destaca una investigación apoyada por el programa PECDA en 2025 basada en litografía en seco y látex líquido.
Tras la cálida acogida en Acapulco y el diálogo en torno a las problemáticas sociales y políticas que atraviesan a ambas regiones, los colectivos participantes proyectan afianzar esta fraternidad cultural.
Entre sus planes a futuro destaca la adquisición compartida de un vehículo que permita calendarizar recorridos anuales para transportar obra a nivel nacional, sentando las bases para conformar una red independiente que recupere la fuerza de los grandes colectivos artísticos de la década de 1970.
