PONCIANO ARRIAGA

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Boanerges Guinto Bernaldez

Estamos aquí unidos por el amor a San Luis Potosí y animados por el más claro de los propósitos: honrar a Ponciano Arriaga, el más grande de los Potosinos, nacido el 19 de Noviembre de 1811, uno de los mejores espíritus que ha dado México; hombre agitado por ideas superiores que- en esta existencia constante de cambio y transformación sin término- tuvo el ansia y la virtud inaudita de eternizarse con la ejemplificación perenne de la honradez, la capacidad y laboriosidad.
Necesitamos admirar a nuestros hombres verdaderamente ilustres, más grandes porque humildes han contribuido a construir esta patria nuestra, a veces tan infortunada y siempre tan digna de mejor suerte.
Ponciano Arriaga nace en San Luis Potosí, entra en la vida por los umbrales de la Independencia del país, iniciada catorce meses antes, tendrá que seguir el camino largo y arduo, de las luchas partidarias que preceden a nuestra consolidación política.
Nace Ponciano Arriaga para la patria. Le servirá a su pueblo convencido de que es limpio el ideal que sostiene, mostrará ante sus coetáneos y en la memoria de sus generaciones posteriores, la más erguida actitud moral que haya adoptado un hombre público.
El culto de los héroes mide la estatura de los pueblos. Por eso al tomar el nombre y rendir homenaje a la memoria de Ponciano Arriaga, el patricio de la reforma liberal de hondos y trascendentes relieves intelectuales, tenemos el propósito de elevar el pensamiento hasta la altura en que Ponciano Arriaga pudo despojarse de las miserias humanas para dedicar el vigor de su talento. La grandeza de su corazón y la fuerza incomparable de su fe republicana, al servicio de la Patria.
Esto es un perfil del pro-hombre Potosino, que implica un conocimiento de fondo de nuestro personaje y el pueblo de San Luis Potosí debe agradecer a Enrique Márquez Jaramillo y María Isabel Abella, que con su obra hacen posible que tengamos presente la gran dimensión histórica de don Ponciano Arriaga Leija.
Don Ponciano Arriaga vacía toda su convicción revolucionaria, en un momento en que la lucha estaba trabada contra los monopolistas de la tierra y de la producción; en contra de los privilegios y fueros que oprimían la casi total población del país y es de lamentar que tuvieran que pasar seis décadas para que, en una nueva Carta Política, se consignaran los Derechos Sociales de los Trabajadores del Campo y de las Ciudades.
Arriaga, el revolucionario, se adelantó a los principios sociales de 1910, pero pensaba que lo primero era liberar a las conciencias para que, sin prejuicio ni dogmas, se prepararan para la lucha social, Arriaga pensaba en el pueblo como “única fuente pura del poder y de la autoridad”, y eso es, precisamente, lo que hacen los estadistas de nuestra época cuando piensan que sin el pueblo no avanzan las instituciones democráticas, ni se genera el progreso, ni crece la dignidad nacional.
Arriaga, se pronunciaba porque se hicieran “efectivas las garantías que tiene todo el hombre para pensar, hablar y escribir”, y eso es lo que está plasmado en nuestra constitución, que es legítimo orgullo de un pueblo y esencia sustancial de nuestras libertades. Es fácil admitir que don Ponciano Arriaga mereciera por esta causa entre muchas, el bien de la patria y su exaltación como hijo predilecto.
Visionario de sorprendente realismo, Ponciano Arriaga aplicó las enseñanzas filosóficas y políticas del liberalismo progresista para pugnar por la integración de la mexicanidad. Invocó las tristes condiciones de vida política, económica y social de la colonia que sobrevivieron después de la independencia, mantenidas por los monopolios del poder y de la riqueza. Acudió a la historia que es la enseñanza viva y convirtió al pasado lacerante en basamento, nutrición y estímulo. Preconizó la supremacía del poder civil constituido por los hombres libres e iguales, cuyo pensamiento es autónomo y exigió que la constitución se encargara también, de conocer y reformar el estado social del país.
Arriaga planteó en su memorable voto particular al constituyente de 1856, la urgencia de resolver los problemas básicos de la posesión, la apropiación, el reparto y la explotación de agro; la necesidad de garantizar los derechos del trabajo que, en esencia, constituían las transcendentes reformas propuestas y proclamadas por Hidalgo y por Morelos.
Es el legislador del siglo pasado que defiende los derechos de la mujer, señalando que no es un objeto ni una cosa y será necesario esperar hasta la segunda década de esta centuria, cuando un hombre de pensamiento superior, don Rafael Nieto, se atrevió adelantándose a su tiempo, a convertirlo en ley.
Alzó su voz impregnada de amargura, abogando porque la propiedad rústica fuera constreñida a los límites en los que fuera personalmente cultivada y cuidada por sus legítimos propietarios y fundó su voto en un impresionante relato sobre las vicisitudes y los sufrimientos que padecían los campesinos, sometidos a la explotación de las grandes haciendas que se encontraban en poder del clero y de los latifundistas. El pueblo deseaba, y esta era la gran verdad que siguió y sigue siendo la misma, una transformación social y económica, que lo liberara de una vez de la postergación y de la miseria extrema.
La historia quiso que las verdades de Arriaga tuvieran la demostración dramática que se encargaron de darle las clases privilegiadas del país. Se hizo necesario esperar que la injusticia fuera combatida por las armas y que los constituyentes de Querétaro en 1916, recogieran el dolor del pueblo para traducirlo en normas fundamentales de derecho político, para dar paso al liberalismo revolucionario, cuya dinámica exige y determina el fin supremo de su aspiración: la dignidad humana.
Creemos que la revolución de 1910 y lo que ella emanó hasta 1917, así como lo que se ha venido creando con el mismo espíritu desde entonces, no hubiera podido tener lugar si la reforma no cambia, con todos los antecedentes que arrancan desde la independencia, la estructura teórica de la sociedad mexicana, fundada en los principios liberales que sus paladines supieron aprender y explicar. Un puñado de hombres conocido como la generación de la reforma, seguidos por las multitudes irredentas, encabezados por Juárez, Prieto, Zarco, Vallarta, Ocampo y nuestro Arriaga. Los mismos que en su larga lucha, al final victoriosos, supieron mantenerse firmes para lograr la reforma y la transformación de México.
Puede decirse que Ponciano Arriaga resulta ser un casi olvidado de nuestra historia, es urgente y justiciero rescatarlo totalmente, porque es el paradigma de la lucha y porque supo mantenerse firme para contribuir a la transformación de México.
Jurista insigne y legislador benemérito, transforma el país, consolida el carácter de la nación mexicana, haciendo posible nuestro régimen de derecho. Es el ideólogo doctrinario de lo que hoy es el Instituto Federal de la Defensoría Pública y de las Defensorías de Oficio de los Estados, originada en aquella bondadosa Institución de la Procuraduría de Pobres.
Cuando reunidos como hoy, evocamos el nacimiento y nombre de un personaje como Ponciano Arriaga, es porque su figura ha alcanzado ya la grandeza de lo ejemplar, cuando en circunstancias semejantes, el nombre agrupador desborda los límites regionales y le rinde homenaje una nación entera, su dimensión se agranda y su poder ejemplarizante es aún más hondo y decisivo.
Este día es oportuno para meditar en los triunfos del pueblo y la dimensión de sus esfuerzos. Es conveniente también revisar, homenajeando a Ponciano Arriaga. La obra de otros conductores: la gloriosa generación de la reforma. A los grandes revolucionarios del presente siglo que hicieron posible nuestra gesta libertaria; a los constituyentes que diseñaron el rostro del país en Querétaro.
Este tipo de conmemoraciones calan en el espíritu e invitan a pensar hondamente en México, por lo que ha tenido que pasar nuestro país para llegar al momento en que vivimos y por lo que necesariamente habrá de pasar para remodelar y perfeccionar esta joven democracia en la justicia social, en la distribución equitativa de la riqueza y en la defensa integra de la independencia nacional, su independencia política y su independencia económica; en la paz y la amistad con todos los pueblos de la tierra.
Insigne representante del pensamiento potosino, ¿Qué le pediría Ponciano Arriaga al pueblo y al poder público en México, de cara al tercer milenio?, ¿Qué propondría nuestro ilustre parlamentario al México de estos días, ante lo que parece ser un tercer decenio decisivo de la historia independiente de nuestro país?, decenios que parecen darse al inicio de cada siglo.
Una reforma al artículo 82 de la Constitución Federal, para adicionarlo con un principio que estipule la valoración de la personalidad de quien aspire a ocupar la presidencia de la república, porque tenemos la necesidad de asegurar la madurez, rectitud, la honestidad y la lealtad, de quienes tienen la responsabilidad de orientar y dirigir a la nación, desterrando para siempre el autoritarismo y privilegiando la democracia.
Nos diría que el México de hoy, el del siglo XXI, no necesita un presidente, exige un estadista, un hombre de altura con sentido social y democrático puro, de plena identificación con la justicia, que nos lleve con mano firme al desarrollo interno, porque necesitamos un presidencialismo fuerte, democrático y no autoritario; un presidencialismo que nos de gobernabilidad y nos defienda de las asechanzas de adentro y de las amenazas de afuera. Nos señalaría que en nuestra relación con el mundo contemporáneo globalizado, que nos amenaza con un capitalismo brutal que supera el estatismos de hace dos décadas por un capitalismo salvaje, la conducción del presidente de la república debe ser firme y con un profundo sentido nacionalista.
Nos recordaría que su Procuraduría de Pobres, la actual Defensoría Pública, es la institución que podrá contener el abuso y la marginación, para realizar plenamente la justicia, una justicia digna del pueblo, como factor de desarrollo social.
Esta es una ocasión propicia para evocar los valores que Arriaga defendió en vida y reflexionar colectivamente sobre sus luchas. Es también oportuno momento para reiterar el compromiso de adecuar nuestros actos dentro del marco que el pensamiento Arriaguista nos reclama. Don Ponciano Arriaga ejemplificaba la honradez y la responsabilidad. Qué bueno sería que como recuerdo a su memoria, fuera posible que con un grito de proporciones inmensas dijéramos estas dos palabras: honradez y responsabilidad.
Esto haría revivir las palabras de don Ponciano: “algún día llegaran al poder hombres de honor, de moralidad y de conciencia; algún día serán cumplidas las promesas. El pueblo cree… el pueblo espera… no hagamos ilusoria su postrera esperanza”.
Es la hora de que permanezca la presencia de Ponciano Arriaga, no como una cumbre violenta y agresiva del pensamiento libre, sino como el mirador desde el que puedan vislumbrarse las más claras conquistas del pueblo mexicano.
Es por esto que a 203 años de su nacimiento, el pueblo mexicano del que nació y nunca ha dejado de formar parte, lo reclama como uno de los rectores de su vida cotidiana en los tribunales, en la aldea, en el ejido, en la escuela, en la fábrica, en el foro nacional en que se debaten los problemas de nuestro tiempo y de nuestro mundo.
Arriaga no pertenece solo a San Luis Potosí y a México, sino a todos los pueblos explotados y sojuzgados; no es el apóstol regional de una filosofía interna; su pensamiento tiene validez tan amplia, que las nuevas corrientes de derecho contienen la profunda verdad de sus concepciones.
Ponciano Arriaga, con la digna serenidad de su figura histórica y de su pensamiento, nos acompaña aquí y ahora y nos acompañara por siempre.