Los niños de la guerra

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Zapata 21

I

La guerra es una de las realidades más terribles por las que tiene que pasar el género humano. A pesar de que universalmente se sabe de su mala fama y sus efectos catastróficos sobre la humanidad, la guerra sigue apareciendo porque no se nos presenta como tal, sino con una sofisticada argumentación de orden moral, religioso, nacional. La guerra nunca nos dice ‘soy la guerra’; nos dice ‘vengo a liberarte de los explotadores’, ‘vengo a salvarte del comunismo’, ‘vengo a defenderte del extraño que te quiere invadir’, ‘vengo a salvar a tu religión y a tus ídolos’, ‘vengo a darte libertad’, etc. Por eso la guerra siempre ha estado presente en la humanidad; no hay un solo día en la historia del Hombre que en alguna parte del planeta no haya habido guerra. A pesar de que nadie la quiere, todos la invocan para atacar o para defenderse.

                                                   II

   El hecho de que sea inevitable (y de que sea más cotidiana que la paz) hizo que las naciones se preocuparan por poner reglas a esta realidad tan nefasta. Debe darse un trato humanitario a los prisioneros de guerra, no deben tomarse rehenes en una conflagración. Eso dicen las reglas que más o menos se acatan en los conflictos armados. Hay otras reglas que se violan muy seguido, una de ellas es la participación de niños, muchas veces tomados como combatientes contra su voluntad, por levas de los ejércitos oficiales, por amenazas de los irregulares. La película Voces Inocentes, de Luís Mandoki, referente a la guerra salvadoreña es un buen ejemplo de esta situación.

     En el estado de Guerrero Lucio Cabañas tuvo un ejército esencialmente de niños y adolescentes. La mayoría de los combatientes de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres eran muchachos que habían sido alumnos del profesor Cabañas en sus tiempos de maestro rural. En la guerrilla continuaron sus juegos infantiles y maduraron como adolescentes; en la sierra bromeaban y se lanzaban como Tarzán en una liana que soportaba el peso hasta de tres “muchachillos”, como su líder los llamaba. La inmensa mayoría de ese núcleo duro de combatientes eran familia de Lucio Cabañas; el parentesco era por la línea materna; es decir, por los Gervasio. La madre del profesor se llamaba Rafaela Gervasio, pero Cesáreo Cabañas, su marido, le puso Barrientos en el registro civil. Tanto Genaro Vázquez como Lucio Cabañas llevaron como segundo apellido uno ajeno, puesto allí por quienes los registraron; el segundo apellido de Genaro era Sobreira, también omitido por quien lo registró. El machismo en la guerrilla guerrerense es un mal de origen; una primera manifestación es la omisión de los apellidos maternos de dirigentes más destacados.

                                                 III

     De los casi seiscientos desaparecidos políticos en México, más de doscientos eran menores de edad; contra ellos se ensañaron los depredadores porque podían resistir más tiempo la tortura y los malos tratos. Que el gobierno haya decidido ejecutarlos y lanzar sus cuerpos al mar es un exceso, que la tercera parte hayan sido menores de edad es una verdadera atrocidad. Las instituciones deben una explicación y un pedimento público de perdón a la sociedad entera por los sucesos que comentamos.

   La revista Proceso publicó hace algunos años la foto de Marcelo Serafín Juárez, nieto de Rafaela Gervasio y Juan Serafín, padrastro de Lucio Cabañas. El muchacho era sobrino político de Lucio. Se unió a la guerrilla cuando sólo quedaban seis combatientes; después del combate en Monte Alegre escapó con Lucio Cabañas y durmió con él dos días después, en una hondonada a la que habían caído y donde se cubrieron con ramas y hojas. El primer soldado que llegó al lugar seguramente los vio, porque en cuanto estuvo frente a la fosa gritó: ¡Por aquí no hay nada, regresemos!. Eso hizo que los otros soldados no llegaran hasta donde estaba Lucio abrazando a su M2 y Marcelo Serafín apuntando al militar con una pistola .38 Super. Allí pasaron la noche, después salieron y se encontraron con otros dos sobrevivientes del combate. Llegaron hasta el Otatal y ahí mataron al profesor Cabañas. El reporte oficial dice que no hubo sobrevivientes, pero la fotografía de Marcelo Serafín (Roberto) publicada por Proceso lo desmiente años más tarde. ‘Roberto’ iba con las manos amarradas por la espalda con las agujetas de un soldado. En un informe que rinde el general Eliseo Jiménez Ruíz se afirma también que se le capturó vivo. La pregunta es ¿Dónde está Marcelo Serafín?.

                                                 IV

   Cada vez me convenzo más de que la guerra sucia fue una falta colectiva.   Los sacerdotes y pastores nada dijeron de esas atrocidades, los abogados no litigaban, preferían arreglarse en lo oscurito con los jefes de los judiciales. Los periodistas no informaron; aquí había una guerra a dos horas de Acapulco y nadie dijo nada. Si en lugar de asesinar a la gente el gobierno hubiera exhibido a Lucio Cabañas como un guerrillero que usaba niños en sus contingentes la guerrilla se hubiera aislado del pueblo, hubiera sido más fácil combatirla y no existiría el saldo oprobioso de desaparecidos y desterrados políticos. En lugar de hacer eso, el gobierno decidió potenciar el sufrimiento de la gente; optó por una venganza de sangre y no por una solución política.

   La guerra sucia no debe volver a ocurrir; la sociedad ha fortalecido sus instituciones y necesitan vocearse más las consecuencias de la represión. Sólo así evitaremos repetir la historia de los niños de la guerra.