La política, sus usos y abusos.

Zapata 21

I

   La muerte de Javier Bataz Benítez no sólo cimbró a la clase política coyuquense, también mostró que adolece de serias deficiencias en materia de cultura política y protocolos republicanos. Los funerales del ex candidato perredista fueron motivo de abuso que dejó fuera a la misma familia del fallecido. Desde que llegaron a Coyuca los restos de Javier Bataz, varios de sus partidarios disputaron si lo llevaban al local del PRD o al estadio de futbol, donde se había preparado un supuesto homenaje de mal gusto donde el detalle principal fue el paseo del féretro dentro de la cancha.

   Los familiares de Bataz Benítez estaban muy cansados por las largas semanas en que el político coyuquense se debatió entre la vida y la muerte. El triunfo provisional de la segunda agregó mayor cansancio en su esposa, sus hijos, madre y hermanos. Las personas que hemos perdido a un familiar (o sea, todas) sabemos que en esos momentos nadie tiene cabeza para enfrentar con ecuanimidad esa circunstancia en que inevitablemente nos pone el destino de vez en cuando.

   ¿Merecía el político Bataz un homenaje? ¡Por supuesto!, fue un hombre que dio satisfacciones a su familia y a los coyuquenses, fue un caballero que no perdió la compostura cuando estuvo al frente de responsabilidades institucionales. Hay un dato que habla por sí solo: las dos veces que compitió por la presidencia ganó la cabecera municipal; es decir, tuvo el voto de la gente más preparada del municipio, de los que leen más periódicos y revistas, de los que estudian en universidades o ejercen profesiones que requieren mayor preparación (maestros, médicos, abogados, ingenieros, técnicos industriales, micro y pequeños empresarios, dependientes de empresas, etc). Lograr y mantener el consenso en este tipo de electorado nos habla de un liderazgo sólido, que no requiere de la compra de voto o la manipulación electoral, que es casi siempre un fenómeno particularmente importante en las zonas rurales. Pero el homenaje que merecía Bataz era uno que estuviera de acuerdo con ese tipo de convocatoria que su presencia concitó en sectores culturalmente vanguardistas. Aquel hubiera sido un acto sobrio, que llamara a la reflexión y que terminara de instalar en el imaginario popular la pertinencia de este tipo de liderazgos urbanos; muy diferente al desfile que revivió consignas de una campaña en la cual el funcionario quedó en tercer lugar y que se voceaban en un acto plural, donde había muchos que habían votado por él, pero también muchos otros que lo habíamos hecho por otras opciones electorales, lo cual no constituye óbice al reconocimiento de las prendas humanas y políticas que Bataz tenía.

                                                II

   Nadie debe intentar reprimir las manifestaciones de dolor de los familiares o de los amigos de alguna persona que fallece. Pero sí deben evitarse excesos que sólo ofenden, en primer lugar al ausente, en segundo lugar a su familia (cansada por semanas de agonía) y a toda la sociedad. Darle un uso político a un funeral es, para empezar, de mal gusto.

   La muerte de Bataz, como la de cualquier ser humano, es lamentable; cada vez que alguien muere, muere algo de nosotros. Era joven y tenía las cualidades de un político joven: caballeroso y comedido en el trato, diligente con quienes se acercaban a solicitarle alguna gestión. Supo sobreponerse a dos derrotas consecutivas sin que su vida fuera marcada por el rencor o la mala fe. Cuando se produjo su deceso estaba en plena carrera para reposicionarse como un político con opciones.

                                                 III

   Está claro que existe un déficit cultural que se manifiesta en la ignorancia de los protocolos republicanos. Cuando murió Ethel Diego ni una guardia de honor se le hizo en el ayuntamiento (y eso que gobernaba su sobrino Julio César). Como burros pasamos por el centro de la ciudad llevando en hombros al más grande intelectual coyuquense del siglo XX. Lo mismo ocurrió con doña Alejandrina de los Santos, primera mujer presidenta en Coyuca de Benítez. Más recientemente, Efraín Zúñíga Galeana partió con una austeridad incompatible con su fama pública de excelente orador y político de muy larga y fructífera carrera. Al único que se le hizo un buen homenaje laico en el ayuntamiento fue al ingeniero Pedro Guinto, que había sido síndico municipal hacía quince años.

   La pluralidad requiere no sólo compartir el poder entre los partidos sino hacerse de un lenguaje común para este tipo de eventos, que la clase política que hoy tenemos encuentre asideros comunes para expresar su aquiescencia. Igual que existen espacios para la confrontación (el mitin, las manifestaciones, las elecciones, los debates) debe haber espacios para la comunión y el consenso. Se terminaron los tiempos del partido único, de la religión única y de los músicos únicos. La diversidad debe contener un espacio común para hacer honores, de preferencia en vida, a los coyuquenses o forasteros que hayan contribuido a la grandeza municipal. Para ello se requiere de un protocolo que evite que en el futuro un acto funerario se convierta en mitin político. ¿Qué pasaría si a todos los coyuquenses que lo merecen se les hiciera un homenaje en vida? Que sus velorios y sepelios serían actos sobrios, austeros, circunscritos a sus familiares y vecinos. Pero como nadie es homenajeado en vida, los eventos donde despedimos a los hacedores se convierten en una apoteosis marcada por el cargo de conciencia de no hacer lo que debemos cuando estamos a tiempo. O por un oportunismo que se vuelve patético, tal fue el caso de la familia Chavelas Cortés: cuando murió Ramón le enviaron 42 coronas de flores; su hermano el ingeniero Pedro era delegado de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; un año después murió, ya no siendo delegado y sus honras fúnebres fueron prácticamente privadas. Esa ausencia de norma y costumbre republicana es lo que explica (que nada lo justifica) el grosero manoseo que se realizó en los funerales del licenciado Bataz Benítez.  

                                                           IV

   Hoy se entenderán perfectamente nuestras críticas a aquellos que confunden la tribuna con el púlpito. Parte del protocolo republicano es mantener las creencias y doctrinas religiosas al margen de la actividad gubernamental, que en México por definición constitucional es laica. Cuando gobernaba Manuel Añorve al puerto de Acapulco y era el arzobispo don Felipe Aguirre Franco se decía que el puerto estaba al revés, porque mientras el arzobispo hacía política el alcalde se la pasaba dando bendiciones.   ¿Eso quiere decir que los políticos gringos hacen mal en terminar todos sus discursos con la frase ‘Dios bendiga a América’? No, esa frase forma parte de sus protocolos, que a su vez son reflejo de su historia y sus costumbres.

   Necesitamos adecuar las instituciones y sus cánones a un municipio distinto a aquel en el cual crecimos. Un conjunto de normas universalmente aceptadas para estos casos es que una vez que se conoce el deceso de un personaje importante, la primera autoridad nombra a un Jefe de Protocolo, que puede ser o no funcionario municipal, aunque generalmente es el síndico en quién recae el nombramiento.   Él se encargará de evaluar, con un grupo de regidores, si el finado merece homenaje de cuerpo presente con izamiento de bandera a media asta en todo el municipio o solamente una guardia de honor en el palacio o, mínimamente, en su casa. Si el primero fuera el caso, el Jefe de Protocolo busca ENTRE LOS QUE MÁS CONOCIERON AL FINADO, aunque no sea un político, al encargado de pronunciar un discurso fúnebre y el presidente municipal o algún funcionario o regidor, pronunciará el discurso oficial. Por supuesto que en estos actos están estrictamente prohibidas las manifestaciones religiosas como echarle agua bendita al féretro, ritual que debe hacerse en la casa del finado o en la iglesia (si su religión fuera la católica); el encargado de la oración fúnebre puede nombrar a Dios, aunque se percibe de mal gusto (como si un cura en lugar de los pasajes evangélicos leyera la Epístola de Melchor Ocampo), jamás debe hacerlo el encargado del discurso oficial.

      Ojalá los excesos nos ayuden a mejor comprender este tiempo guerrerense. Que la familia de Javier Bataz disculpe a sus correligionarios; si fueron demasiado expresivos en una pérdida que muchos lamentamos no fue por intención de zaherir o lastimar a sus más íntimos, sino como una forma, tal vez rudimentaria, de expresar el dolor profundo por alguien que todavía iba a dar a su municipio y a sus seres queridos grandes motivos de satisfacción.

CORREO CHUAN

   El correo chuan se acerca lentamente, cuando rema La Mancha con fusiles su deslizamiento es discreto, como los tenues rayos de un atardecer. Trae en su valija noticias frescas pero muy tristes: adolescentes asesinados a mansalva en un episodio que marcará por mucho tiempo a los coyuquenses, la pérdida irreparable de Javier Bataz, que creía en Dios y sabía que el triunfo de la muerte es provisional y apenas un paso a la eternidad. Una eternidad es el tiempo que lleva luchando Andrés Manuel López Obrador; el ex candidato presidencial visitó Coyuca y dijo que la violencia no puede combatirse con violencia, que a los jóvenes les hacen falta programas de estudio, de trabajo y de esparcimiento que los alejen de las adicciones. Deben combatirse las causas, la pobreza, la falta de educación, la falta de empleo y no los efectos, como se hace ahora. Obrador viene otra vez desde abajo, su especialidad; quiere construir una opción que aparte de partidaria sea la variante moral de una nueva política pública. Muchos coyuquenses lo van a acompañar en esta nueva aventura. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

E-mail: correochuan@hotmail.com