El Güero Verruga

Zapata 21

 

   “El pueblo crecía y llegaban a habitarlo gente de otras partes del estado y del país. Se construía la carretera federal y al calor del movimiento que originaba se iban quedando peones, albañiles, burócratas, campesinos y comerciantes. Coyuca se volvió una tierra de oportunidades y comenzó a convertirse en leyenda la hospitalidad, la cordialidad y el carácter alegre de sus habitantes, que disfrutaban de agua corriente todo el año por el hermoso y caudaloso río que bañaba su rivera.

   “Los niños éramos especialmente felices; ayudábamos a nuestros padres a arrancarle los frutos a la tierra, a criar animales y siempre quedaba un tiempo para los juegos infantiles que llegaban puntuales con cada estación: los cocoles de papel de china, cuyo tiempo era en mayo, cuando las niñas salían a regarle flores a la virgen de la Soledad, las canicas, que venían ya con la temporada de lluvia y los trompos, cuya época iniciaba después de la última creciente del río. Por el mes de octubre comenzaba la época más bella, con la ribera limpia y el caudal fuerte, que se mantenía así hasta el mes de febrero, cuando la sequía comenzaba a disminuir el torrente y en los meandros y remansos se acumulaba el légamo de la tierra que erosionaba cada año. Entonces pasábamos el mayor tiempo posible en el lado opuesto de la rivera, amarrando burros y caballitos que andaban sueltos por todos los playones, montándolos y jugando a las carreras de burros; donde cada burro tenía un equipo de tres niños: el que lo montaba, el que lo jalaba con una rienda o de las orejas y el que lo empujaba por las ancas. Era muy divertido, se daba la orden de salida y cada burro corría para cualquier parte, menos hacia la meta que dibujábamos en la arena; entonces cada equipo luchaba jalando, empujando y acicatando al animal hacia el objetivo. Como nunca se iban directo, dábamos por ganador al equipo que lograra que el burro entrara a la meta aún cruzándola al revés.

   “Los mejores jinetes de burros que tenía el vecindario eran los hijos de don Lico Herrera, que estaban muy familiarizados con el arte de la charrería, ya que su padre es campesino y ganadero. Había sin embargo un niño que se distinguía por su vocación de líder; hacía los mejores trompos cortando palos de guayabo, también los mejores cocoles multicolores que poblaban el cielo de ilusiones por el mes de mayo. Era muy servicial y nos invitaba a aventuras que por fortuna siempre nos salieron bien; íbamos a pescar hasta muy arriba del río, por la Poza de Beto, cerca de Carrera Larga, también de cacería con arcos y flechas que él mismo construía; los arcos de crucetilla, un arbusto muy maleable y resistente que conserva durante mucho tiempo su elasticidad y las flechas de limoncillo, que tiene ramas resistentes, ligeras y totalmente rectas. Se llama Manuel Ramírez Nieves, pero todos lo conocíamos como ‘el Güero Verruga’ por la que conserva en la cara. En una ocasión que remontamos mucho el río llegamos a un lugar muy fresco y húmedo, jugando me metí a una poza profunda y me quedé atrapado de un pie entre las raíces de una palmera que recién había arrastrado la corriente; al ver que no salía el Güero se zambulló, me localizó y apartó las lianas, permitiendo que saliera de la trampa. Así era siempre, muy atento a los detalles que pudieran significar peligro para la palomilla que siempre cargaba detrás; ‘no sigas volando el cocol por ahí, hay varios cables de luz de la planta del cura, cruzaremos el río más arriba para tocar la otra orilla enfrente de aquí; pasaré primero para ver si en la otra orilla está bajo el nivel del agua o si nos tapa con todo y trapos’. La última expresión, ‘taparnos con todo y trapos’ significaba que la profundidad era de dos cuerpos; como si otro niño pisara sobre nuestras cabezas vestido con nuestra ropa. Tenía muchas expresiones como esa, que sólo entendíamos la pequeña tropa de chamacos que andábamos siempre con él.

   “Siendo adultos hemos rememorado con otros niños de entonces los tiempos en que andábamos por los playones y los cerros cazando conejos y mapaches, atrapando iguanas y culebras y tomando frutas silvestres que se daban en abundancia. Platicamos nuestros sueños de aquel tiempo y todos coincidimos en que alguna vez tuvimos la ilusión de que nuestro hábitat fuera un valle cerrado del que nunca nadie pudiera salir y al que ningún extraño pudiera entrar. Es una forma un poco egoísta de apropiarnos otra vez de la felicidad original, de la inocencia que nos permitía vivir sin preocupaciones en un mundo lleno de leyendas y sin peligros mayores”.

   CORREO CHUAN

   Las letras de arriba también son mías, llevan comillas porque las escribí hace varios años como parte de una novela que tal vez pronto el lector@mable tenga en sus manos. Esas palabras no son de ahora; me obliga a reproducirlas el trágico accidente donde perdió la vida mi amigo Manuel Ramírez Nieves, el Güero Verruga. Más viejas que esas palabras son los lazos de aprecio y amistad que unieron mi infancia al chamaco más travieso y servicial que tuvo nuestro vecindario. El Güero era hijo de doña Dorotea Nieves y don Pedro Ramírez, el más pequeño de los hombres y el más blanco de todos; mimado desde niño, suspendía nuestras aventuras ‘porque ya va a llegar mi mamá de Acapulco y le encargué un hilo del Oso para volar cocoles’.

   Efectivamente, el niño era muy mimado por su madre, que salía en la madrugada con camionetas de papayas al puerto de Acapulco y regresaba a media tarde con un chiquihuite cargado de comestibles, donde nunca faltaba el antojo o los pedidos de su hijo: hilo del Oso, papel de china para los cocoles, cuerdas y anzuelos, harina para hacer engrudo y toda clase de ocurrencias que tuviera su hijo, que por los excesivos mimos siempre habló como niño: ¿Cómo te llamas? Le preguntaban los maestros en la escuela; Manuel, contestaba, me dicen el Güedo Veduga.

   Era taxista, hace dos meses me fue a dejar a la casa y por primera vez desde nuestra lejana infancia tuvimos oportunidad de charlar sobre ese y otros temas. Lo invité a pasar pero no quiso. En el camino el de la pluma iba sonriendo y él se dio cuenta: estás muy contento, me dijo; le contesté que sí y antes de que me preguntara la causa le dije que andaba estrenando amores. Le mentí; iba sonriente porque me imaginaba la cara que pondría y el gusto que le ocasionaría cuando leyera la historia y se diera cuenta que era uno de sus protagonistas. No quise decirle nada porque violaría un compromiso personal de no dar a conocer mis notas a nadie, hasta que las vea impresa. Nos despedimos con la promesa de vernos más seguido y seguir después la plática de varios temas que dejamos a medias.

   No hubo después, estaba dando una conferencia en tierra caliente cuando un mensaje me anunció la pérdida de mi gran amigo. Me faltaban tres o cuatro ideas para terminar la plática; no pude seguir, lo recordé en nuestros días de infancia y en la última media hora que compartimos, él manejando y yo en el asiento del copiloto. Me reproché el hecho de no haberle platicado que era personaje de mi obra mayor, de no adelantarle que en mis letras pronto vería reflejada parte de nuestra historia común y la de muchos amigos que con nosotros compartieron sueños de infancia. La vida es así y ahora no puedo ya decirle lo mucho que influyó en mi formación personal su vida sencilla, decorosa y diligente con todos sus vecinos.

   La del Gúero Verruga, la nuestra, es la generación del puente; no del que se inaugura en estos días sino del otro que se llevó Manuel. Con el puente nacimos a mediados del siglo XX y con él nos comenzamos a ir; en dos años se fueron seis compañeros del grupo de la escuela primaria (Esteban Jaimes, Pino Ibárez Cegueda, Augusta Dalia Aguilar Diego, Jorge Méndez, Eliseo Rebolledo Guinto y Andrés Peña del Carmen). Como quien dice el pelotón se hizo más pequeño y es entonces cuando los recuerdos se agigantan y oprimen como una tenaza que quiere sujetarlo todo. Esfuerzo inútil por cierto, en sus afanes deja perder girones del pensamiento y lo que queda sujeto a nosotros son apenas los colores y sabores de las cosas más esenciales. Una de esas cosas es para el autor el recuerdo infantil de uno de los hombres más buenos que he conocido: Manuel Ramírez Nieves, el Gúero Verruga.

   No hay nada más chocante para alguien que escribe que citarse a sí mismo, hoy lo hacemos para demostrar que desde antes de su partida, Manuel Ramírez Nieves tenía un lugar especial en nuestro corazón (o en el hipotálamo, o en cualquier parte donde se guarden los sentimientos). También lo hacemos para justificar la ausencia de nuestras letras; cada vez publicaremos menos materiales porque estamos ocupados en investigar una monografía, terminar una novela histórica de seiscientas páginas (una de las cuales ha leído usted en este trabajo) y atender la invitación para dar conferencias o impartir clases en algunas instituciones. Por si alguna cosa faltara, mis intervenciones en dos radiodifusoras dos veces por semana y el programa Café de Nadie de RTG se quedan con el resto del tiempo que debería ser de usted, lector@mable. Hay épocas de sembrar y otras para cosechar; esperemos que pronto concluyan mis trabajos y seguramente reanudaremos nuestras publicaciones semanales. Por lo pronto no se tome esto como una despedida sino como una pausa necesaria para acomodar algunas cosas y concluir viejos proyectos personales. En esta o en otras publicaciones, nos volveremos a encontrar. Hasta entonces.

   El correo chuan trae noticias muy tristes, dice que con Manuel Ramírez Nieves se va una parte importante de nosotros mismos. Dice también que el puente que se llevó la creciente era el símbolo vivo de nuestra generación, que a él estaba unido nuestro destino en forma inexorable y que el nuevo, que será más grande, más moderno y menos rígido que aquél, será muy bonito, pero no tendrá para nosotros la carga emocional que representaba el que nuestros padres construyeron. Será el símbolo de una nueva generación de coyuquenses familiarizados con la modernidad. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

 

E-mail: correochuan@hotmail.com