EDITORIAL

En los primeros tiempos del periodismo escrito y electrónico, el principal problema para terminar de armar un periódico o un programa era el orden de las notas. Los editores debían ser muy cuidadosos al escoger las noticias principales y las secundarias; la sagacidad en esta tarea era lo que distinguía a los buenos periódicos de los malos. Aunque sigue siendo un asunto delicado, el escoger una nota ya no es algo muy sofisticado; debido a la existencia de internet y las redes sociales, cuando se está escogiendo el orden de las notas en una redacción ya hay versiones, réplicas y contrarréplicas en el comunicado mundo de la aldea global. Esos comentarios nos dicen cuál es el tema que domina la discusión de la gente, de tal suerte que al caminar el editor a su trabajo ya va construyendo la nota principal, incluso con los títulos.

El problema de hoy en el periodismo es escoger la nota principal entre un mar de información importante que día con día está fluyendo en las redes, en los foros y en las charlas informales. Tal es el caso de este número de Costa Brava, donde tenemos varios ejemplos que pueden sobradamente catalogarse como noticia de ocho columnas. En el orden cronológico en que se produjeron tenemos la bárbara matanza de adolescentes ocurrida en la cercanía de la junta de los ríos, luego el grave problema de disputa por el agua que mantiene al borde del enfrentamiento a varias comunidades serranas del rumbo de Tixtlancingo, después la visita del gobernador Ángel Aguirre Rivero y de la secretaria de desarrollo social, Rosario Robles Berlanda; para terminar tenemos la visita el domingo 14 de Andrés Manuel López Obrador a una región donde sigue teniendo un buen poder de convocatoria. Cualquiera de esas tres noticias son suficientes para una nota de ocho columnas; aún las derivaciones de ellas, como por ejemplo la petición de apoyo por parte de los deudos de las víctimas de la salvaje matanza de jóvenes o la peregrinación y visita que el sacerdote Juvenal Aponte y muchos feligreses hicieron a los dolientes hogares de la colonia Venustiano Carranza, sin dejar de contar las declaraciones que al respecto hicieron tanto el gobernador como el presidente municipal y las frases de Rosario Robles que intentó, así sea con las precauciones propias de su investidura, meterse a la polémica y lanzar un reto a las bandas armadas. Todos esos eventos, principales y derivados, cumplen los requisitos de pertinencia, impacto y temporalidad que deben tener las noticias principales de un diario o revista.

Esta ocasión hemos escogido como la principal una noticia que es atípica para la clase de periodismo que pretendemos hacer. La inmolación de un grupo de adolescentes en una huerta de la rivera del río es un hecho trascendente no sólo por su impacto en sí mismo, sino por las consecuencias que puede tener a nivel de tejido social. El acontecimiento y sus consecuencias resumen una visión de la realidad que puede convertirse en dominante y que tiene como basamento una serie de oprobiosos antivalores. Cuando se dio la noticia, al tiempo que lo lamentaba, la gente decía que ‘los muchachos andaban mal’; incluso el primer reporte de la policía ministerial habla de un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Ello motivó una reacción de los familiares de las víctimas que se movilizaron y consiguieron una entrevista con funcionarios estatales, en la cual exigieron una especie de indemnización y ayuda funeraria. Uno de los dichos más recurrentes de esos días hablaba de que ‘deben matar a los que venden y distribuyen la droga, no a los que la consumen’. También se afirmó que los muchachos iban a la orilla del río porque no hay lugares de entretenimiento y que tenían derecho a ir por unos coquitos. Entre líneas y quizá sin proponérselo, los dolientes deslizaban que era una fuerza legal la que había inmolado a sus familiares, de allí su petición de ayuda al Ejecutivo estatal. En el resto de la sociedad todo el mundo pensó que aparecía otra vez el signo de Aguas Blancas: deudos que cada año exigen ayuda al gobierno que mató a sus familiares.

Cuando se escriben estas notas las investigaciones ministeriales están a punto de tener resultados y no se sostiene la hipótesis de que fuerzas oficiales ejecutaron el cruel martirio de los muchachos. Al contrario, testigos presenciales de los hechos sostienen que los asesinos eran conocidos de las víctimas y que hay una serie inmensa de derivaciones cuya aclaración dejará más dividida a la microrregión que es sede de los lamentables hechos: la colonia Venustiano Carranza. Esos son los motivos por los cuales hoy nuestra noticia principal tiene la horrible mancha de la sangre. Nuestra información no es de nota roja porque no atendemos los detalles morbosos ni traemos fotografías (que las tenemos) de los jóvenes inmolados, que es lo que más vende en el periodismo de baja estofa.

El tema nos interesa porque es un resumen de lo que la sociedad está cursando y del pensamiento que deriva de un lento pero sostenido proceso de descomposición del tejido social. No podemos permitir que sobre la inmensa ofensa de arrebatarles la vida, las víctimas sean objeto de linchamiento moral por expresiones que mucha gente repite sin ninguna conmiseración, como: ‘los muchachos andaban mal’, o ‘ellos mismos se lo buscaron’. Es en los tribunales legales donde se puede demostrar o no si una persona ‘anda bien o anda mal’, lo otro es un prejuicio que alimenta el desapego a valores morales fundamentales como el respeto a la vida. Lo mismo vale para quienes piden que no se mate a los consumidores sino a los que les venden la mercancía; la pena de muerte no está instituida en México y si lo estuviera tampoco sería una decisión personal o arbitraria, sino producto de un juicio apegado a derecho. Esas expresiones demuestran que no queremos ir a fondo ni saber de un problema que ya nos concierne a todos al enfrentarnos con una realidad atroz sobre la cual no queremos volver la mirada. Esos dichos, junto con los cientos de canciones y frases hechas que promueven la falta de respeto a las leyes y a la autoridad, son una concesión grosera a la cultura de la muerte y la ilegalidad, cuando la sociedad requiere una cultura popular que promueva el trabajo, el respeto a la ley y a las autoridades legítimamente constituidas (que no exime la crítica, que la alienta como contraparte de un buen gobierno), que promueva el respeto a nuestros mayores y que no celebre el ritual de la muerte sino el de la vida.

Después del azoro inicial de las autoridades y de toda la gente, por fortuna están surgiendo iniciativas de la iglesia católica y de las cristianas, de las pocas organizaciones de la sociedad civil y de una parte importante de nuestra clase política en el sentido de detener el baño de sangre, de encauzar a nuestros jóvenes y niños (lo mejor que tiene una sociedad por la promesa que representan) hacia los caminos de la ley, del trabajo, del estudio, del deporte y del sano esparcimiento; que los aleje del mundo de las bandas criminales que nos los quieren arrebatar para seguir rindiendo culto a la muerte. Las autoridades no pueden solas, incluso algunas han establecido alianza con estas fuerzas inconfesables, es la hora de la sociedad y sus instituciones; en todo nuestro municipio, particularmente en la colonia Venustiano Carranza, hay que detener el desgarramiento social.