Desplazamientos

Zapata 21

 

Para Eder y Pedro Radilla Suástegui,

con un abrazo solidario.

 

                                      I

   En Guerrero una gran tragedia asoma la oreja. La prensa timorata los llama ahora con un nombre pasivo, que aminora la terrible carga del drama personal y colectivo y que le impone a la palabra elegantes ribetes de los tiempos de paz: desplazados. Efectivamente lo son, vienen de la tierra caliente, atraviesan el espinazo de la sierra madre del sur y se asientan en Tecpan de Galeana. Como una tribu nómada se desplazan.   Las crónicas nos dicen que en su mayoría son niños y niñas, señoras, jóvenes y adultos mayores. De la lista que leemos salta lo que hace falta: ¿Dónde están los señores?, está toda la familia, menos ellos.

Son desplazados, pero la palabra es insuficiente para nombrar el drama, para ponerle dinamismo a un asunto que se nos quiere hacer pasar como pasivo y de los tiempos de paz, pero que es dinámico y de los tiempos de una guerra que está a punto de prenderse. Desplazamientos, debería ser el nombre propio de este fenómeno. La palabra quiere decir que dejaron una plaza para irse a otra; lo hicieron por miedo, allá vivían en paz y de pronto ‘algo’ los asustó o los amenaza. ¿Qué es ese ‘algo’? cultivadores de droga o grupos de bandas organizadas dirá alguno a bote pronto; pero no, el cultivo de enervantes desde hace mucho está presente en dicha zona y nunca necesitó desplazar a la gente; al contrario, en sus siembras y cosechas participa mucha mano de obra joven, no hay razón para expulsarlos. El crimen organizado lo es porque tiene como requisito el contacto esporádico o permanente con algunas fuerzas del orden; quien cultiva lo hace a sabiendas de que va a cosechar. No es posible entonces que esta gente se desplace por temor a enfrentamientos entre las bandas y las fuerzas del gobierno.

   Si no es el miedo al crimen organizado o a un enfrentamiento entre ellos y la autoridad lo que los obliga a dejar su tierra (decisión difícil para cualquiera, más aún para comunidades enclavadas en medio de la selva, que tienen con la naturaleza una relación directa, casi religiosa) ¿Qué es lo que los mueve? ¿Qué han visto? ¿Qué suponen que va a ocurrir?.

                                         II

   El desplazamiento implica un dato que no admite matices: hay regiones de Guerrero y del país que ya no están bajo el control del Estado. Aclaro, no digo gobierno municipal, estatal o nacional; se trata de zonas donde existe alguna forma de autarquía o de obediencia a un poder distinto a los poderes nacionales. El único método para llegar a ese estado de cosas es que en esos lugares esté en formación un nuevo poder, diferente al que conocemos la mayoría de los mexicanos. Si ese nuevo poder se está asentando es porque tiene un consenso con los habitantes que no se desplazan; es decir, que es aceptado como una normalidad alterna a la que antes se tenía. Si no mediaron asambleas municipales ni clamorosas proclamas para establecer un poder alterno, a este nuevo poder sólo le queda una forma de legitimarse: ser un ejército formal o en formación. Eso creo que está pasando: en el filo mayor de la sierra, una serie desafortunada de convergencias han hecho que muchos habitantes estén optando por una vía violenta. Para ello convergieron una lista interminable de injusticias, explotación, abuso y pobreza, a la que debió sumarse la actividad de las bandas del crimen organizado y de los restos armados de otros naufragios de izquierda. El diputado Rubéb Figueroa Smutny habla desde el miedo y la rabia que sus mayores le han inculcado; por eso pide que el gobierno no tolere a los que amagan a los pobladores de esa zona; acusa sin tener pruebas pero hace buenas suposiciones: ‘es el crimen, la guerrilla y las zonas que vienen de esa historia’. Son sus fantasmas, pero tiene razón: es el tiempo que no se ha ido o que regresa.

                                                III

   Creo que en México, con la llegada de Peña Nieto a la presidencia, se ha establecido una nueva forma de tratamiento a la actividad de las bandas armadas, que ha traído como correlato la disminución de la violencia homicida y el cambio de paradigma en el cultivo, trasiego y consumo de enervantes. Pero eso involucra sólo a los mandos de esas empresas y no a su oficialidad o sus extensas bases sociales. Al quedar al garete, los cabecillas de algunas bandas siempre son proclives a tratar de reivindicar su nombre con su participación en alguna asonada. Tal fue el caso de Pedro Chaparro, sanguinario cabecilla de la sierra de Durango y Chihuahua que se unió a las huestes de Jesús Chávez, que dirigió la revolución que en 1889 le estalló a Porfirio Díaz en Tomochic. Cuando Chávez y su gente fueron cruelmente masacrados en el interior de la iglesia donde adoraban a la Santa de Cabora, Pedro Chaparro se fue de la cueva que defendía y sólo volvió sus pasos sobre Tomochic cuando a su apellido original le antepuso el apelativo más común en aquel pueblo: Acosta. Fue el primer Acosta-Chaparro de la historia y un nieto suyo lo superó en saña y crueldad. ¿Quién no sabe que la violencia revolucionaria permitió que un delincuente como Doroteo Arango se convirtiera en esa leyenda que es mi general Pancho Villa?. La crisis y el desorden son el caldo de cultivo, lo demás lo pone el peso moral que cargan muchos cabecillas que quisieran limpiar su nombre de tanta crueldad y agregarle a su hoja de vida el dato luminoso de una revolución.

                                             IV

     El caldo ahí estuvo siempre, ahora se ha aderezado y su cultivo madurado al punto que todo el mundo dice en pláticas informales o serias: esto ya se pudrió. La coyuntura, que será larga y lastimosa, requiere más de valores que de audacia. Bien por los presidentes municipales de Tecpan, de Ayutla y de Acapulco, que a pesar de que tienen todos los problemas del mundo han brindado solidaridad a los nómadas; mal por el de San Miguel Totolapan, que no se digna hacer una llamada a sus similares para preguntar la suerte de los desterrados. El almirante Lara Montellano, jefe estatal de seguridad pública dice que los desplazados ‘deben regresarse’; eso es lo ideal pero falta que se convenzan de que alguien les dará seguridad.

   La estabilidad en Guerrero y en México está prendida con alfileres, se percibe en los habitantes una suerte de indiferencia que espera lo peor. Una pequeña minoría trata de informarse y seguirle la pista a algunos acontecimientos; es la que protesta y lucha, la otra inmensa mayoría está ocupada en atender sus propias crisis. Mientras tanto, las previsiones oficiales de crecimiento del PIB bajaron de 3.1 a 1.8 (corrección: 1.7 dice Merril Lynch, 1.4 dice Banorte; es el resultado neto del subejercicio fiscal de Peña Nieto) al tiempo que el zócalo de la ciudad de México aparece como insuficiente para albergar a todos los que el 8 de septiembre protestarán por la iniciativa de Peña Nieto de compartir la renta petrolera con las transnacionales.

CORREO CHUAN

   Este año se cumplieron 46 del año de las grandes matanzas en Guerrero. El 18 de mayo de 1967 la policía judicial del estado asesinó a varios padres de familia de la escuela Juan N. Álvarez en Atoyac (así se llamaba la escuela, el nombre conservaba la inicial del ofensivo ‘Nepomuceno’ del Patricio), el cuatro de agosto fue abatido Alfredo López Cisneros (el Rey Lopitos) en una calle de Acapulco y el 20 de ese mismo mes, 27 campesinos copreros cayeron frente al edificio de la Unión Regional de Productores de Copra del Estado de Guerrero. Eran los tiempos del partido único y la impunidad, la prueba de que el pueblo podía ser gobernado de cualquier modo. Un año después, el presidente Gustavo Díaz Ordaz le pondría la cereza del pastel a esa tradición infame, asesinando a mansalva a muchos estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de la ciudad de México.

   Nada se ha aprendido de esa historia, al cerrar estas notas nos informan de la aprehensión de Nestora Salgado, dirigente de la policía comunitaria de Olinalá. El pretexto puede ser cualquiera, todos sabemos que la agarraron por indígena, por mujer, por comunitaria y por su nombre; o sea, por pura discriminación. El mundo está al revés: surgen las autodefensas y las comunitarias para enfrentar al crimen organizado y los gobiernos en vez de acelerar la persecución de los criminales hostigan a quienes se les oponen.  

   El correo chuan navega triste y remando con fusiles, algo se ha podrido en la superficie de la patria y por debajo, en una actividad sin prisa y silenciosa, el viejo topo de la historia continúa su trabajo. Los desplazados caminan día y noche en busca de una paz que alguien perturba en los bellos lugares de donde vienen; encuentran solidaridad y comprensión en algunas autoridades y en un pueblo que bastante sabe de injusticias y sufrimiento. Mala cosa que los presidentes municipales de los pueblos que los expulsan no hablen ni siquiera para preguntar su suerte. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

E-mail: correochuan@hotmail.com