Los trabajos y los días (Tercera y última parte)

Zapata 21

Octavio Augusto Navarrete Gorjón

CORREO CHUAN

 

El correo chuan dice que los cronistas también tienen sus tiempos de cosecha. La gente nos busca, nos entrega canciones, corridos y poesías que son de mucho interés; también se animan a platicar y nos relatan historias alegres, tristes o poco conocidas. Mucha gente mayor no sólo me abre sus recuerdos, abre incluso su corazón; lloran cuando me platican sus historias. El cronista es muy sensible, también lloro con ellos mientras evoco un dicho de mi madre: ‘quien bien te quiera, te hará llorar’. La investigación ha servido para reencontrarme con historias de las que tenía una idea muy vaga, pero que son verdaderas; algunas de ellas tienen que ver con conocidos que fueron míos o lo son. (Qué forma de redactar; era mejor ‘conocidos míos de ayer y ahora’ o ‘que fueron mis conocidos o que lo son ahora’. Dejo el barroquismo porque es rara una frase que termine con un verbo en esa conjugación; con ese estilo también se logra una buena elipsis y no repito la palabra ‘conocidos’; además, la palabra ‘son’ tiene una gran sonoridad, es evidente su connotación musical.  Sirve de algo el paréntesis después del punto y seguido, innovación gramatical del autor que algún día registrará la Real Academia).

En relación con la monografía, relato dos historias que me impactaron.  Algunos amigos me están auxiliando en la selección de fotografía; Raciel Salgado Ríos y mi pariente Efraín Serrano, entre otros. Efraín consiguió una muy buena fotografía de Diego Álvarez, mientras que Ossiel Pacheco me hizo el favor de tomar la foto de una pintura (o tal vez otra foto) del médico empírico Gaudencio Parra, que llegó a Coyuca siendo un niño en el año de 1870. El trabajo estaba perfectamente enmarcado y en posesión de su nieto Jesús Parra Hernández, hijo de Cornelio Parra. Como el vidrio que cubría el trabajo reflejaba el haz de la cámara fue muy difícil convencer al amigo Parra Hernández para que la pintura se desmontara, se le quitara el vidrio y se le tomara la foto. Se resistió mucho argumentando que el cuadro es una reliquia familiar; sugirió al fotógrafo ir con su hermana (con la de Parra, claro, a la hermana de Ossiel no hay que meterla en estas cosas). Como no se pudo localizar a la señora (que tiene otro cuadro idéntico) al fin otro nieto de don Gaudencio Parra, que lleva su nombre, se animó a desmontar con mucho cuidado la pintura para tomarle la fotografía. Hubo sorpresa mayúscula cuando debajo de la pintura original encontraron otra, de una persona más joven, tal vez el mismo doctor Parra en otra etapa de su vida.

Antes era muy común que la gente guardara en retratos o pinturas algunos mensajes secretos, claves de bóvedas o mapas de tesoros. También se llegaban a encontrar otras pinturas que después eran catalogadas como mejores que las que estaban en la primera capa del trabajo. No había en ello esoterismo o prácticas secretas; lo que pasaba era que los materiales para pintar eran muy caros y los pintores (como todos los artistas de antes) muy pobres. Pintaban un cuadro y si no les gustaba le volvían a poner otra capa de pintura y realizaban otros. Algunos pintores guardaron a propósito secretos de la realeza del medioevo, historias de injusticias que habían presenciado pero que en su tiempo no era posible hacer públicas. También se guardaron acertijos y muchos mensajes de amor, con frases que en vida nunca sus labios pronunciaron (te estoy hablando inútil). Hasta hoy es un secreto inexpugnable la enigmática sonrisa de la Mona Lisa, sobre ella se han escrito libros que la asocian a los primeros tiempos del Renacimiento o a las preferencias sexuales de Leonardo Da Vinci, su autor; que es un autorretrato, dicen otros. La mejor novela del español Arturo Pérez Reverte (‘La tabla de Flandes’) habla precisamente de un mensaje secreto que esconde un cuadro donde dos caballeros juegan ajedrez mientras una dama los mira de reojo con una profunda tristeza; es admirable cómo el escritor va relatando la partida al revés de como sucedió, con la única pista de una pieza en la mano de uno de los caballeros; un caballo, precisamente. A partir de ese cuadro se reconstruye una historia oculta y se conoce una grave injusticia de hace tres siglos, que hizo que la amada de Jorge de Arras, uno de los caballeros que disputa la partida y que fue asesinado por el disparo de una ballesta, pasara el resto de sus días recluida en un convento. No he visto ninguna de las fotos de don Gaudencio Parra, espero tenerlas pronto frente a mí y analizarlas en detalle.  Por lo pronto el dato me emocionó.

Otra historia que me impactó fue la búsqueda de los descendientes de don Nicolás Garay, que fue presidente municipal de Coyuca en 1866. El señor Garay y don Facundo Blanco fueron los que iniciaron en esta región el mestizaje blanco-negro. Ambos eran españoles peninsulares; don Nicolás tuvo ocho hijos con la negra Paula Fajardo (Encarnación, José y Pablo, entre otros), don Facundo tuvo dos con otra mujer negra (Ruperto y Germán, que emigraron a Acapulco cuando asesinaron a su padre y que allá fundaron otros negocios, entre ellos el hotel Villa Sofía, que está a un lado de la sucursal de Bancomer, en el Paso Elevado; el nombre del hotelito familiar con albercas evoca el de doña Sofía Cárdenas, esposa de don Facundo Blanco, madre de Ruperto y Germán). Don Nicolás Garay tiene descendientes en Coyuca; por ejemplo los hijos de don José F. Garay (Perla Garay H. Luz, casada con el ingeniero Oníver Guinto y doña Emelina Balanzar Garay, esposa del doctor Enrique Guinto y primera Reina de la Palmera en 1951). El interés del cronista de entrevistar a los descendientes de don Nicolás que ya no viven en Coyuca es por el dato de que el señor se fue del municipio por los problemas que tenía con sus hijos, que al parecer no aceptaban el nuevo matrimonio del señor Garay con la tecpaneca Felícitas Galeana. Es obvio que si el señor tenía archivos familiares estos hayan pasado de su primer a su segundo matrimonio.  En su primer matrimonio el señor Garay no tuvo hijos, los que tuvo con la señora Fajardo todos se firmaban F. Garay.

Del último descendiente del señor Garay de quien tuve noticias fue de Isaac, que profesaba la variante presbiteriana del cristianismo y que en 1935 trajo a Coyuca el primer carro impulsado por motor. Isaac, a quien la gente llamaba cariñosamente ‘Chaco’, se fue a vivir a Acapulco, instalando la vidriería Garay, que está en la calle 5 de Mayo, junto al templo evangélico ‘Mártires del 75’, que evoca la triste fecha de un incendio que consumió ese templo cuando allí se celebraba una convención cristiana en 1875.

Después de una afanosa búsqueda, llegué a la vidriería y me recibieron los nuevos dueños con la noticia de que los descendientes del Chaco Garay les habían traspasado el negocio hace cinco años y se habían ido a vivir a Veracruz. Ellos habían sido sus trabajadores y alguna información me dieron, aunque no pude ocultar mi tristeza de saber que ya será casi imposible dar con los archivos de don Nicolás Garay, que junto con el papá de don Santiago Gómez, eran grandes amigos de Juan Álvarez. Cuando el Benemérito de la Patria llegaba a Coyuca, de donde era su esposa, se hospedaba en la casa que era del papá de don Santiago Gómez (que después fue la casa de mis padres, donde nací; una parte de esa propiedad es ahora del cronista). Aparte de ese predio, la casa del señor Gómez abarcaba la que ahora es de la familia Mandujano (donde está la oficina de la CAPASEG) y toda la calle que ahora es Niños Héroes).  Los vecinos hemos tenido cuidado de preservar algunos vestigios de la casa original; tanto en la calle Niños Héroes como en la Venustiano Carranza hay columnas de cemento estilo corintio; algunas de ellas son las originales; destaco las que están en Carranza 30, la casa que fue de don Ezequiel Balanzar y que le compró mi madre, Soledad Gorjón Montejo, y las que preservó el de la pluma en el terreno que está en la última casa de la calle Niños Héroes (es la última si el caminante desciende de la iglesia hacia el río; la primera si se va del río a la iglesia). Cuando Juan  Álvarez no se hospedaba ahí lo hacía en la casa del señor Garay, que es ahora propiedad de doña María Flores viuda de Bernáldez, hija de don Francisco Flores, y que entonces incluía la casa que es de la familia de don José Garay.  La siguiente casa, en la mera esquina, era la de don José García Guerrero, telegrafista que fue el primer empleado federal en Coyuca y que conserva su hijo, el fotógrafo Eliseo García Díaz). Atravesando la calle de la entrada de la iglesia estaba la casa de don Facundo Blanco, que también tenía una tienda bien surtida a principios del siglo XX, con entrada en los cuatro costados: frente a lo que ahora es la iglesia, frente a la cancha y el zócalo municipal, frente a lo que ahora es un jardín con su fuente y frente a la calle Niños Héroes. Esa casa de don Facundo la compró don Néstor Guinto, quien se la heredó a su hijo el ingeniero Oníver Guinto Palacios, que construyó una unidad habitacional donde ahora viven, entre otros, el doctor Rutilo Valdovinos y el señor Silvestre Cuevas Cedeño. (Aprovechemos un paréntesis después del punto y seguido. ¿Por qué los negocios grandes de Coyuca estaban en las partes altas?  Para evitar la crecida del río, que varias veces les echó a perder toda la mercancía por sus inundaciones. Por esas mismas razones el señor Santiago Gómez cambió su domicilio de la calle Niños Héroes y Venustiano Carranza a la casa que su hijo Ramón le vendió después a don Néstor Guinto, a un costado de la iglesia. Los otros negocios grandes de Coyuca se hicieron sobre casas que tenían varias gradas; como los negocios de don Wulfrano Leyva y don Avelino F. Garay, hijo de don Nicolás, cuyas tiendas de ropa estaban en la cuadra que hoy empieza con la miscelánea de la maestra Hilda Alarcón Berdeja y terminaban donde ahora hay un puesto de discos pirata. La altura de la casa de don Avelino (y la de don Wulfrano Leyva) nos da la medida de las crecidas grandes del río Coyuca. El huracán Manuel estuvo a veinte centímetros de inundarlas, cosa que nunca ha ocurrido, ni ocurrirá porque cuando se construyeron la gente ya sabía hasta donde llegaban las crecidas del río. Un momento, le dirá el lector al cronista ¿Por qué la casa de don Avelino tenía la banqueta un peldaño más arriba que la de don Wulfrano Leyva? Sencillo, porque otro río que hacía mucho daño en tiempos de lluvia era el que descendía del cerro de La Campana, que en el estiaje era apenas un arroyuelo pero que en épocas de lluvia llegaba a tener un caudal muy respetable. Ese río bajaba en torrentera y a la altura de lo que hoy es la escuela Hermenegildo Galeana encontraba sus cauces más pacíficos y profundos; desembocaba en la laguna que comenzaba donde ahora es la cancha de Los Noriega, que era la misma laguna de la aceitera. De ahí en adelante se vaciaba suavemente en la laguna grande de El Embarcadero. Para acabarla de chingar, frente a la casa de don Avelino F. Garay desembocaba otro arroyo más pequeño, pero que en tiempos de lluvia también hacía daño.  Por respeto a ese río ahí hubo un callejón hasta la década de los 40’ del siglo pasado, hoy ese callejón es la farmacia del Eje. Un lector curioso puede comprobar que la arquitectura de ese pequeño establecimiento no se parece ni a la casa de don Rosendo Cárdenas ni a la de don Josafat Leyva. Los ríos que todavía tienen torrentera son más jóvenes (y por ello mismo más impredecibles) que los ríos apacibles que de tanto caminar tienen muchos meandros. Párrafo muy grande el de este paréntesis después del punto y seguido; lleva además otros dos paréntesis interiores. Esto parece una multiplicación algebraica).

Cuando me despedí de los dueños de la Vidriería Garay (un matrimonio de mediana edad) les hice una petición que tal vez no me correspondía: ‘por favor nunca le cambien el nombre a este negocio, tal vez otro investigador que tenga más suerte y tiempo pueda en el futuro retomar la historia donde nosotros la dejaremos’. Sonrieron mientras me decían que fue la misma petición que les hicieron los últimos Garay que fueron dueños del establecimiento. Como puede verse, esas personas saben lo que vale su apellido para la reconstrucción de la historia regional. Los nuevos dueños coincidieron en mantener la razón social del negocio; para ello tienen argumentos más domésticos pero igual de contundentes: ‘es un negocio muy viejo, ya está bien acreditado, nos conviene conservar el nombre’. Me despedí pensando que la ausencia de archivos hace que la investigación histórica a veces sea la búsqueda de una utopía; de algo que está frente a nosotros y si nos acercamos un paso se aleja un paso, dos y se aleja dos, tres y tres. ¿Para qué sirve la utopía?  le preguntaron a alguien alguna vez: para eso, para caminar en busca de algo que no encontraremos pero cuya satisfacción principal es precisamente la búsqueda honrada del dato que se evade.

Estaba cerrando el ensayo cuando supe el asunto de la foto (que ya tengo entre mis manos). No es el doctor Gaudencio Parra, es un primo suyo que anduvo por aquí y de quien nadie recuerda el nombre. La foto de este primo estaba en otro cuadro, pero cuando murió don Cornelio Parra, hijo del doctor Gaudencio, se salió de su marco y en los apuros propios de un velorio, alguien la puso debajo de la foto del afamado médico.

El correo chuan se despide de sus lectores y afirma que no leerán una frase mía, hasta que le ponga punto final al trabajo monográfico. Espero que la ausencia dure sólo algunas semanas. También dice que la investigación histórica tiene grandes satisfacciones y alegrías por los que nos entregan sus versiones y también tristeza y mucha nostalgia por los que se nos van sin que nos aporten datos que sabemos que tienen sobre la historia de la región. Vaya lo uno por lo otro. Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

 

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