Coyuca, sus grandes incendios

Zapata 21

  • Coyuca, sus grandes incendios

Octavio Augusto Navarrete Gorjón

 

I

Coyuca de Benítez ha tenido varios incendios históricos, algunos provocados y otros accidentales; todos han dejado huella profunda en las generaciones a las que les tocó sufrirlos, observarlos, apagarlos. El último gran incendio que tenemos registrado es el que ocurrió en 1942 en el cine de don Juan Berdeja, que estaba en lo que ahora es el edificio de Toño Coyuca, que alberga a una famosa tienda departamental de electrodomésticos y aparatos de línea blanca.

Don Juan y don José Berdeja llegaron una década antes al municipio; venían de Tecpan, donde habían tenido problemas de armas. Les habían matado a un hermano y era tradición que las cosas debían ‘emparejarse’; la familia agredida esperaba la oportunidad para vengar la afrenta y una vez estando parejos ambas familias iban con un juez para firmar un documento de paz y seguir trabajando en forma armoniosa. Los Berdeja vengaron a su familiar, pero en el hecho mataron a otro miembro de la familia contraria que salió a defender al de su sangre; es decir, la cosa volvió a quedar ‘dispareja’ y ahora era la otra familia la que tenía que hacer las tablas. Los Berdeja eran muy trabajadores y pacíficos y pensaron que no era buen negocio esperar a que les mataran a otro familiar; tomaron las cosas que pudieron y llegaron a Coyuca, donde se dedicaron al campo y la ganadería. Como en su tierra dejaron extensas propiedades y ganado, de vez en cuando iban a arrear grandes manadas de reses que vendían  en Coyuca. Don José compró dos huertas con el pago por esas transacciones y don Juan compró un pequeño cinematógrafo de manivela que instaló en la explanada de la calle Zacarías Zúñiga.

La gran planicie cubierta por un techo de palapa era regada todas las tardes por dos niñas que con esa actividad ganaban su derecho a entrar gratis a la función. Una se llamaba Nila Galeana, la otra Amalia Ortega; eran hermanas de padre y madre, pero doña Nila prefirió nombrarse con el apellido de la madre. Amalia Ortega instaló un restaurant en la década de los 50’ que primero fue la terminal de los autobuses Colorados (Sociedad Cooperativa Hermenegildo Galeana), luego fue terminal de la Flecha Roja y finalmente de la Estrella de Oro; estaba donde después estuvo el restaurant La Brasa y ahora está el banco Compartamos. Agregando al suyo la O de su apellido paterno, Amalia Ortega grabó su nombre para siempre en la historia de Coyuca, cubriendo un largo periodo como propietaria de uno de los mejores establecimientos de comida que ha tenido el municipio: restaurant Maleco.

II

 

La palabra no existía en aquel tiempo, por eso no podemos decir que era un cine  ‘interactivo’. El caso es que como se trababa de películas mudas un señor llamado Don Cerezo se encargaba de amenizar las cintas con un violín; si había paisajes o caminatas en la pantalla se escuchaba un suave ruido que imitaba las voces del campo mexicano, si besos o reconciliaciones, se escuchaban los valses de Verdi o de Juventino Rosas; cuando había balaceras o pleitos del violín de don Cerezo salían toda clase de sonidos, altos y bajos, estruendosos y prolongados, coreados siempre por un público que animaba a ‘los buenos’ de la película mediante avisos (no sigas caminando pendejo, te están esperando detrás del árbol, agáchate para que no te den el garrotazo en la cabeza, córrele que te alcanzan).

Así fueron las cosas en el cine de don Juan Berdeja, que por algo se llamaba ‘Victoria’; hasta que una tarde de mayo ardió por completo, tanto la caseta donde estaba el aparato como el techo provisional de palapa. Esa ardiente tarde, las niñas Nila y Maleco no estuvieron solas regando el patio; la gente pronto organizó cadenas que traían cubetas de agua de un pozo que estaba en la casa de don Teódulo Murga y otra más grande que venía desde el río. El incendio fue controlado, o mejor dicho, se apagó, hasta que la última palapa terminó de arder, quedando la explanada con una gruesa capa de ceniza.

III

Otro gran incendio, éste contemporáneo, fue el que realizó una turba de ciudadanos ofendidos el 1 de enero de 1990 contra la casa de Andrés Berdeja, en la calle Venustiano Carranza Norte. A diferencia del cine Victoria, en este hecho hubo muertos antes y durante el incendio, pero fueron por bala y no por calor o fuego. El incendio propiamente dicho provocó intoxicaciones, ceguera temporal y una gran angustia no sólo de los habitantes de aquella casa, sino de mucha gente que pensaba que estaban pagando justos por pecadores.

Tampoco fue muy sorpresivo, la lucha social y la respuesta violenta presagiaba desde hacía meses un acontecimiento de esa naturaleza; ese incendio sólo fue la cereza del pastel de una sociedad que ya estaba incendiada desde mucho antes por el autoritarismo, la falta de democracia, la movilización popular y la represión.

El record de incendios lo tiene la bonotera de Coyuca que estaba instalada en Las Salinas; se quemó totalmente en tres ocasiones; dejó de incendiarse cuando cerró para siempre tras el vil asesinato de su dueño, un industrioso señor del Estado de México. Hace tres años se quemó totalmente la cabaña que doña Oliva Mendoza tiene en Pénjamo como un restaurant de mariscos.  Hace quince años la cabaña que don Pepe Ascencio tenía a la orilla del río como salón de fiestas.

IV

El incendio de ahora fue en el corazón de la ciudad. El mercado Morelos ardió la madrugada del 8 de agosto. Durante tres horas el fuego consumió los puestos, las mercancías y las ilusiones de más de un centenar de comerciantes, entre locatarios y semifijos. Fue construido por el ingeniero José Flores Rico, padre de nuestro compañero Isaac Flores Pineda, corresponsal de Televisa México en Acapulco. Por modestia no lo dice en su editorial, aunque lo menciona con sus dos apellidos.

Desde que el incendio era un simple conato la sospecha invadió las redes y se explayó en las calles. ‘Fue provocado’, clamaron voces desde el anonimato que pronto se convirtieron en mayoritarias. Lo que subyace en estas afirmaciones es el hecho cierto de que los locatarios retrasaron por dos años su traslado al nuevo centro de abastos construido por el gobierno a solicitud de los comerciantes y teniendo como fundamentos dos dictámenes de Protección Civil en el sentido de que el edificio estaba colapsado desde el terremoto del 2001.

En esos dos años ocurrieron cambios importantes en los circuitos económicos del municipio. El vacío que hicieron la mayoría de locatarios al traslado fue llenado por otros actores; desde hace un año y medio la tienda departamental Bodega Aurrerá funciona de manera exitosa entre el mercado nuevo y el Morelos.  En esos veinte meses la fisonomía del centro histórico comenzó a cambiar a pasos acelerados; muchos ciudadanos que son dueños de casas en el centro comenzaron a remodelar sus fachadas o a construir locales comerciales.  Ellos SÍ CREYERON QUE EL MERCADO SE MOVERÍA.

La gran lección de este momento histórico es que no se puede hacer política institucional ni disidencia desde el capricho y las posiciones machistas. Si los comerciantes se hubieran trasladado hace dos años no competirían con ninguna tienda departamental y el centro histórico no hubiera tenido tanto tiempo para adecuarse a su nueva vocación como proveedor de toda clase de mercaderías. Por supuesto que tampoco estaríamos lamentando un hecho tan triste.

Las pérdidas fueron muy grandes. Hubo comerciantes que perdieron capital de trabajo (puntero, le llamamos los comerciantes), stock de mercancías y clientes. Hay personas que perdieron las libretas donde llevaban las cuentas de sus clientes. Esa cartera ya no se recuperará. En estos casos la ayuda gubernamental (que siempre es agradecible y ahora fue oportuna, el presidente estuvo en el lugar del siniestro desde las primeras horas) es un paliativo mínimo para personas acostumbradas a tener disposición de efectivo y crédito a la palabra con sus proveedores. Muchos proveedores tampoco podrán cobrar la mercancía que habían dejado a crédito. La situación es demasiado triste para no ser tomada en cuenta, el siniestro le pega muy duro a la economía municipal.

Por fortuna el gobernador Héctor Astudillo comprende el problema y en una actitud de un verdadero estadista ha reivindicado la pertinencia y el uso correcto de las nuevas instalaciones, mencionando en forma explícita que su éxito depende de que para allá se muevan las líneas de transporte del municipio. Astudillo no tiene problemas con la continuidad; es la misma política que aplica en Acapulco en el caso del Acabús.

Hay pérdidas mayores en las cuentas invisibles: la pérdida de entusiasmo, factor importantísimo que requiere cualquier emprendedor; la pérdida de confianza en los gobiernos que prefieren dejar que los problemas se pudran antes de buscarles solución.

Ojalá que los comerciantes recuperen el entusiasmo, que nadie intente por otros caminos lo que debemos construir con el trabajo cotidiano y la disciplina. Que nadie se sienta solo, que nadie promueva el desánimo, que nadie se enrumbe por desesperación por caminos ilegales. Que la perdiz no se desperdigue, que el tordo no se aturda, que la alondra no se atolondre y que todas las aves de multicolor plumaje vuelvan a cubrir de ilusiones el cielo de Coyuca de Benítez.

 

CORREO CHUAN

 

El correo chuan trae noticias muy tristes; el Morelos ardió como una chinampina a pesar de que dos noches seguidas había llovido suficiente. Así son las cosas. Fue un cortocircuito según el peritaje; es de creerse, varios comerciantes preferían colgarse de las líneas en lugar de tener interruptor con fusibles. El traslado de los locatarios a su nueva sede pudo ser hace dos años con mariachis, sin competencia de tiendas departamentales y sin competencia en el centro histórico. Hoy son otros tiempos y se van en penuria y con tristeza. Los espacios que ellos no quisieron ocupar los llenaron otros. Ni modo.

Una noticia alegre debía traer la valija del correo chuan, que dice que en Sarajevo, Bosnia, nuestro compañero Bernandino Hernández fue reconocido como uno de los siete mejores reporteros gráficos del mundo. Ya habíamos hablado de él con motivo de la tormenta Manuel, cuando su fotografía del puente colapsado le dio la vuelta al planeta y la utilizaron varios diarios europeos y norteamericanos para ilustrar sus páginas en los días que siguieron al desastre. Nos congratulamos por ello, nos enorgullece pertenecer al equipo de Berna y cerramos con una frase que se está convirtiendo en un lugar común: un fotógrafo como éste no lo tiene ni Obama.  Felicidades.  Zapata 21 es una dirección de bellos recuerdos.

 

E-mail: correochuan@hotmail.com